MUDANZA Y ACARREO

Mudanza

 

Estimados seguidores(as) del blog:

Actualmente, me encuentro en proceso de mudanza virtual. A partir de hoy comenzaré a utilizar la página web http://sanchezrugeles.com/.

Si aún tienen interés en seguir de cerca (o de lejos) las andanzas de estas historietas, fraudes y mudanzas pueden hacerlo en esa dirección.

Una vez más, reitero mi agradecimiento por la suscripción al blog. Nos vemos por ahí.

Saludos,

E.

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Sobre ARGO (Affleck, 2012)

ARGO

(Retomando las BUTACAS de la vieja ReLectura).

Nunca me gustaron las películas de Ben Affleck (1972). La comedia romántica no es mi fuerte. Desde sus sinopsis, filmes como The third Wheel (Brady, 2002), Gigli (Brest, 2003) o He’s Just Not That Into You (Kwapis, 2009) me resultan inapetentes. El cine de acción contemporáneo (otra de las banderas de Affleck) tampoco logra seducirme. Hay una ética peatonal en películas como Armaggedon (Bay, 1998), Pearl Harbor (Bay, 2001) o Paycheck (Woo, 2003) que, en gran medida, estimula mi reticencia. Me gustó la pieza negra Hollywoodland (Coulter, 2006). Considero que, en ese filme, el actor se enfrentó a un personaje exigente cuya fuerza dramática no dependía de gags ni de persecuciones espectaculares. La excepción, sin embargo, no superó el rigor del prejuicio. Si el zapping tropezaba con Affleck, cambiaba de canal. La experiencia reciente, sin embargo, refutó mi posición con un sólido argumento: Argo.

El trabajo de Affleck (el director) posee cualidades que, a primera vista, permiten hablar de la emergencia de un autor. El crítico Andrew Sarris, en los encarnizados debates setenteros sobre el sentido estético del cine, expresaba que un auteur es “alguien que hace cine, especialmente un director reconocible por su creatividad y su estilo personal”. En los últimos años, Affleck ha dirigido tres películas que, a mi juicio, se adecúan a esta premisa. El actor/director/guionista firmó su mejor libreto (escrito a cuatro manos con Matt Damon) en 1998 (Good Will Hunting, Van Sant). Una década más tarde, tras una carrera actoral exitosa y variable, retomó el asunto de la escritura y se aventuró en la empresa de la dirección. Gone baby gone (2007) y, en especial, The town (2010) insinúan la búsqueda de una estética. Hay un elemento particular que disfruté en estas películas y que valoro como una de las marcas del estilo de Affleck, este es: la inserción del argumento en los espacios de ciudad. Boston (sus iconos, sus arrabales) ejerce un rol protagonista en estos dos relatos. El contexto, como en Las Bostonianas (1885) de Henry James, modela una atmósfera narrativa que enriquece el conflicto y dinamiza el argumento. Rescato, en este sentido (a mala memoria), la secuencia final de The town en el estadio de los Boston Red Sox. En ambas películas, sin embargo, me incomodó el mismo asunto, los excesos del guión: rebuscadas vueltas de tuerca, héroes anacrónicos, giros extraños, romanticismos forzados. El personaje interpretado por Casey Affleck en Gone baby gone, por ejemplo, molesta por su impertinente purismo, ajeno por completo al entorno hostil de los  suburbios; el maniqueísmo develado en el cierre es poco efectivo y enrevesado. The town, por su parte (mucho mejor contada), abusa de la historia de amor incondicional entre víctima y victimario. El formato “ladrón de tu amor”, en pleno siglo XXI, no es del todo creíble. Más allá de estos malestares, son películas que pueden verse con mayor o menor interés y de las que la memoria conserva personajes o secuencias. En cualquier caso, estos filmes-ensayos anticipan la pieza más pulida de Affleck: Argo.

Una advertencia didáctica, expuesta al inicio de la película, condiciona el ejercicio de recepción: basada en hechos reales. Si Argo fuera una historia inventada, probablemente, los comentarios de pasillo, los estados de Facebook, los tweets y las críticas en revistas especializadas serían menos entusiastas. Este es uno de esos filmes que enriquecen el debate sobre la irracionalidad de los hechos humanos y el humor lacerante de la Historia. Un libreto de ficción hubiera resultado, a todas luces, forzado e inverosímil. Sin embargo, el tema que sostiene la película ocurrió; está documentado. El referente apareció tras la desclasificación que la Administración Clinton hizo de algunos archivos referidos a la crisis de rehenes norteamericanos ocurrida en Teherán en 1979.

(En el siguiente párrafo ofrezco una breve sinopsis del filme. No cuento partes esenciales pero estimo que algunas referencias pueden incomodar a quien no haya visto la película. Si algún lector del post aún no la ha visto, lo invito a saltarse este fragmento).

La historia: durante el ataque a la embajada norteamericana en Teherán, seis diplomáticos lograron escapar del asedio y refugiarse en la residencia del embajador de Canadá. Argo cuenta la historia de cómo un agente de la CIA, Tony Méndez (Ben Affleck), confecciona e implementa un curioso plan de rescate. Los burócratas de Langley sugieren una serie de estrategias desinteresadas y ridículas. El plan de Méndez, en ese contexto, aparece como una alternativa desesperada. El agente inventa el rodaje de “Argo”, una falsa película de ciencia ficción, heredera del imaginario de éxitos recientes como la serie El Planeta de los Simios (Byrnes, 1974) o La Guerra de las Galaxias (Lucas, 1977), que habría de rodarse en el Oriente Medio. En este juego de roles, los seis de Teherán serían los integrantes del equipo de producción del filme inexistente. Este es el plan de Méndez: los realizadores se encuentran en Teherán buscando locaciones exóticas. Méndez viajaría a la capital de Irán en calidad de productor asociado, allí se reuniría con los representantes del ministerio de cultura iraní con el fin de otorgar visados al equipo de farsantes. El lugar de la fuga es el más inesperado y difícil: el aeropuerto. Pero el proyecto “Argo” supone también un engaño a la industria del cine. La producción (la falsa producción) debe ser verosímil y seguir los canales regulares de toda película de Hollywood. Méndez viaja a Los Ángeles y, en complicidad con el laureado maquillador John Chambers (John Goodman), contrata los oficios de un productor entusiasta (Alan Arkin). Grosso modo, este es el argumento de ópera bufa que Affleck y Chris Terrio convierten en un drama eficaz, codificado baja las premisas del thriller.

El reparto es una de las decisiones lúcidas de Affleck. Alan Arkin, en particular, sobresale en su caracterización de cineasta desengañado. El director utiliza a este personaje para construir una película autoreferencial: el cine que habla sobre el cine, la intrahistoria de Hollywood, la crítica contra la industria. “El Sha es un santo al lado del sindicato de guionistas”, cita, entre varias líneas memorables, el extrovertido productor. Teherán, por su parte, comparte cartel con los protagonistas. La ciudad no se improvisa en un estudio (en el caso de que se improvise, está muy bien improvisada). El mercado es una locación original en la que el espectador, mortificado por la suerte de los falsos cineastas, se pierde en medio del bullicio. Si Gone Baby Gone y The town eran un complemento audiovisual del callejero de Boston, Argo traza un sugerente recorrido por las esquinas inhóspitas y conflictivas del Teherán setentero. Uno de los planos más atractivos de la película muestra a un solitario Tony Méndez en el balcón de su habitación de hotel. Los montes Alborz, al fondo, otorgan al personaje una soledad parecida a la del viejo Caspar D. Friedrich en su clásico mar de nubes. La inmensa cordillera, hermosa y gigante, manchada de nieve, minimiza al personaje que intuye que su empresa de rescate está llena de lagunas y condenada al fracaso. Affleck, ingestual, impasible, no desentona en su caracterización del agente de la CIA. El héroe es discreto, tímido, es infeliz, bebe y además tiene miedo.

Otra de las fortalezas de la película es el ritmo. Argo no decae. La tensión, en ocasiones, genera notables efectos de claustrofobia y angustia. La lectura pública del libreto ofrece uno de los momentos más dramáticos. Actores disfrazados de marcianos leen un guión sin pies ni cabeza. El público groupie asiste a la presentación de lo que, en apariencia, se presenta como uno de los blockbuster de la temporada. El director, paralelamente, decide narrar un episodio concreto del drama político de la revolución iraní. La lectura del fake coincide con la lectura de un manifiesto. Lo que, en la ciencia ficción, aparece como exceso y motivo de chiste en el discurso político se refiere como drama y tragedia. Esta sólida secuencia expone un amargo contraste entre la flexibilidad de la ficción y la ferocidad del poder. Como thriller, el desenlace en el aeropuerto (afín en dramatismo a El último rey de Escocia (McDonald, 2006), es ejemplar.

El conflicto político de fondo, carta habitual de la crítica sociológica en este tipo de película, no cae en el maniqueísmo panfletario. Argo, por fortuna, no se parece al modelo de tesis y propaganda de Leones por corderos (Redford, 2007) o Redacted (De Palma, 2007). En este trabajo, encuentro mayores afinidades con el formato bélico/documental de Kathryn Bygelow (Hurt Lucker, 2008/ Zero Dark Night, 2012) o el Black Hawk Down (2001) de Ridley Scott.

La experiencia de Argo, y la revisión de trabajos como The town, revocó mi prejuicio contra Affleck. Peter Biskind, en su ya clásico Sexo, mentiras y Hollywood (Anagrama, 2006) cuenta, entre otras historias de vecindad farandulera, los inicios de este joven autor desde que trazara los primeros borradores de Good Will Hunting. El relato sobre las oscuridades y trampas del inframundo fílmico es interesante. Entiendo, según IMDB, que Affleck forma parte del reparto de To the wonder, la nueva película del controversial Terrence Malik cuyo Árbol de la vida (2011) produjo, al mismo tiempo, aplausos, elogios, denuestos y bostezos. Es probable que, en un futuro zapping, si vuelvo a tropezar con este autor bostoniano, mi curiosidad le ofrezca algo más que el merecido beneficio de la duda.

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La generación inmolada y el clientelismo de la ineficiencia

 

Desde hace algún tiempo, tengo una humilde sospecha: a esa señora yo no le creo nada. A su lado, la palabra empeñada por el títere de Carlo Collodi (aún con la nariz hinchada), tendría mayor credibilidad. Todavía existe el derecho a la opinión y la duda. Es probable que, en los próximos años, los pensamientos humanos sean susceptibles de censura y tipificados como delito por las leyes venezolanas pero, en estos días de duelo, aún podemos afirmar que para muchas personas algo huele a podrido en el centro de Caracas. En este sentido, con afición cartesiana comparto mi discreto comentario: dudo de la objetividad del árbitro, dudo de la transparencia del proceso electoral, dudo de las lealtades y compromisos de las personas que dirigen esa sospechosa oficina.

Ya hemos aceptado la derrota. Refutar resultados o apelar al discurso de la trampa está condenado al ridículo. Hoy, vale la pena recordar a todos aquellos necios que, tras el referéndum revocatorio de 2004, insistieron en denunciar irregularidades y terminaron sacrificados por sus propios agentes. A estas alturas, hay demasiado desgaste para forzar controversias inútiles. Pero a los obstinados de oficio, siempre nos quedará la duda, la sospecha legítima, la impresión de que algún día (lejano o cercano), se colocarán sobre la mesa los distintos vales, vouchers, cheques foráneos y demás evidencias que avalen la teoría de las conciencias tarifadas. Aunque pueda parecer un consuelo de idiotas, es grato saber que algún día muchos de estos elementos saldrán a la luz.

El debate sobre las preferencias del árbitro es, a todas luces, irrelevante. Ante la contundencia del resultado, el maquillaje de las cifras solo queda como anécdota. La tragedia contemporánea de Venezuela no pasa por la credibilidad de las máquinas. La verdad más difícil de asimilar es que, al margen de los porcentajes inflados, existe un número significativo de personas que legitimó con su voto la continuidad del desastre. Resulta muy complejo entender cómo, tras catorce de años de evidente fracaso gubernamental, un porcentaje mayoritario ha reconocido como alternativa política el despropósito revolucionario. Ninguna lógica occidental es capaz de explicar esta situación. Que, por ejemplo, la ciudad de Punto Fijo haya reivindicado la  gestión de los responsables de su reciente desgracia resulta, absolutamente, irracional e inverosímil. En apariencia, solo Mérida y Táchira fueron objeto de competencia. Yo no lo sé. Ante estos números extraños y el mapa pintado de rojo, prefiero ejercer mi libre derecho a la obstinación y la duda.

Tras la resaca, analistas políticos, visionarios de ocasión, periodistas absortos y otros observadores del combate procuran, a duras penas, explicarnos lo que pasó el domingo 07 de octubre pero los argumentos no aparecen por ninguna parte. Con frecuencia, se cita eso que Fausto Masó describe en su columna de El Nacional como “discurso dulzón” (perdimos pero ganamos, aprendimos una lección, tenemos esperanzas para el 2019, etc.). La referencia a este triunfo imaginario, sin embargo, es demasiado frágil. Sospecho que la sensación general e intimista es de profunda pesadumbre. El desconsuelo de una gran parte de la población inició una irreversible metástasis. Intuyo que muchas personas (aunque, por mecanismo de defensa, no se atrevan a pronunciarlo) sienten que el famoso camino que se labró no existe y que, si alguna vez existió, se desplomó con el aguacero de las cifras. Lo único que sabemos los dolientes es que debemos aceptar el peso muerto del número 2019. Cuando, tras el testimonio de la señora risueña, leí en el generador de caracteres de Telesur (única señal a la que pude acceder desde la madrugada madrileña) período presidencial 2013-2019 sentí el calor de una bala quemándome las tripas, el hígado, los riñones, el corazón y el estómago. ¡1998-2019! ¡Es increíble! (Las correspondencias entre el gomecismo y el chavismo intimidan). Toda una generación inmolada por la barbarie… Dicen que la fortuna es impredecible. Sé que nunca se deben subestimar las estrategias de la esperanza pero sí creo que, tras las expectativas forjadas en los últimos meses, desde el punto de vista emocional, costará muchísimo superar los coletazos de este contundente y soberano coñazo. En este contexto, valoro con profundo pesar la situación de los presos políticos, esos seres humanos que han sido y siguen siendo objeto de la más visceral humillación. Todo el mundo sabe que el Helicoide es una versión modernista de la Rotonda, si Leonard Cohen hubiera sido venezolano, quizás, habría incluido este verso en la más reconocida de sus canciones de protesta.

Un argumento convincente es el de la visibilización de la pobreza; otro es el del culto al caníbal. Hay sectores de la población, olvidados y ofendidos, que al margen de cualquier propuesta política solo creen en la palabra del Redentor. Para ellos, el voto es un acto de fe. Ese porcentaje está ahí y es alto. Los excesos y la indolencia de los gobiernos ochenteros, en gran medida, son responsables de esa situación. El voto del creyente no me molesta. La fe no admite diálogos ni refutaciones, la credulidad también es un derecho y los errores del pasado, cuando toman la palabra, no admiten ningún tipo de enmienda.  Lo que no tolero, bajo ningún concepto, es el clientelismo de los parias, el aval traicionero del mediocre, el espaldarazo del inútil que, defendiendo irredentos privilegios, se coloca una camisa amarilla, marcha, protesta, se queja de la inseguridad pero, a la hora de tocar la pantalla, toma partido a favor del hereje. Los resultados de la elección del domingo sugieren, de manera categórica, que existe mucho chavista de closet.

Con el fin de evitar los malos entendidos, expondré una definición práctica. En Venezuela, en nuestros días, entiendo por mediocre a todo aquel que, a pesar de no tener las competencias aptas para ejercer un cargo (sea cual sea la naturaleza del cargo) aparece, por afinidades políticas, como vicepresidente de una empresa expropiada, director general de un proyecto condenado al fracaso o supervisor de programas imperiales y revolucionarios. El caso PDVSA, quizás, es el más visible y significativo. Todo el mundo sabe (ellos también lo saben) que la PDVSA contemporánea está dirigida por un atajo de incompetentes. Una de las mayores fortalezas electorales del gobierno ha sido la de activar y profundizar el clientelismo de la mediocridad. Estos tipos (que pueden ser nuestros hermanos, primos, vecinos o amigos del colegio) saben perfectamente que en un contexto objetivo de competencia no tendrían nada que aportar ni que decir. Su ineficacia, a la hora de una prueba de aptitud, quedaría en la más absoluta evidencia. Muchas de estas personas, como parte del juego social, reivindican en su vida cotidiana alternativas como las de Hay un camino pero a la hora de participar, por mera conveniencia, eligen la única opción que garantice sus inmerecidos cargos y desproporcionados salarios. Lo que sucede en PDVSA sucede en todos los sectores de la vida pública. Cuesta creer que dentro de los millones que refrendaron el desastre, un porcentaje relevante corresponde a este perverso clientelismo. Todos tenemos algún conocido que, de un día para otro, pasó de cuidar carros en un restaurante chino a ser cónsul de Venezuela en cualquier lugar del mundo o asesor estratégico del ministerio de un poder, supuestamente, popular. Sospecho que, en una futura elección, la posibilidad de una estrategia exitosa pasa por decirle a estos sujetos serviles que, a pesar de su honrada ineptitud, el nuevo gobierno garantizará sus privilegios. Pero para hacer eso hace falta demasiada cara, demasiado cinismo.

Y, probablemente, el error trágico de Henrique Capriles ha sido la falta de cinismo. Su discurso ha estado ensamblado sobre la base de las más esenciales dignidades humanas. El problema real, el que todo el mundo conoce, es que estos tipos (los dirigentes del partido oficial) son versados malandros, cualquier otra caracterización no es más que un vulgar eufemismo (no soy periodista ni político por lo que no tengo la obligación de insinuar amagos de diplomacia o falsa objetividad). Para  estos mercenarios la buena voluntad es una caricatura, una razón inoperante. Por otro lado, coincido con la impresión general: reconozco que el liderazgo de Henrique Capriles es sólido y que su campaña, desde todos los puntos de vista, ha sido de las más responsables de los últimos años. Solo espero que, en esta oportunidad, la dinámica política/opositora no lo inmole. Tras la resaca del domingo, aparecieron comentarios de respaldo e inspirada lealtad. Sin embargo, creo que vale la pena hacer memoria y recordar algunos nombres, caras y gentes perdidas en el laberinto de nuestra historia contemporánea. En los últimos catorce años, este país ha padecido una sucesiva aparición de fugaces liderazgos. Desde la más remota ingenuidad, me pregunto: ¿Dónde quedó, por ejemplo, Juan Fernández? ¿Dónde quedaron los esfuerzos de la Gente del Petróleo? ¿Quién se acuerda, más allá del episodio del bigote falso, de Carlos Ortega? ¿Dónde está Carlos Fernández? ¿Cómo se desintegró la figura de Manuel Rosales? ¿A dónde se fueron los militares de la Plaza Altamira? ¿Tiene respaldo popular, hoy día, la figura de Enrique Mendoza? ¿Dónde quedó el chamo de la Universidad Metropolitana que se quitó la camisa en la Asamblea? ¿Qué fue de la vida de personajes como Mingo o Alfredo Peña? ¿Dónde quedaron todas las personas que, alguna vez, con sus errores o aciertos, con sus torpezas o fracasadas apuestas, dieron la cara y de alguna forma confrontaron los excesos de la barbarie? La oposición real (no solo la partidista) suele ser despiadada con todos aquellos que descarta. En este país, el ejercicio del liderazgo tiene una fecha de caducidad impresionante. El ojo de Capriles debe estar muy atento a las voluntades tarifadas que, desde dentro, pretenderán apartarlo. A los demás, solo nos queda confrontar el sopor y la mala fe del olvido.

Quizás, alguna vez, valdría la pena llamar a las cosas por su nombre. Entiendo, por un asunto de diplomacia social que, al reconocer la derrota, Henrique Capriles haya pronunciado un par de clichés y afirmaciones edulcoradas pero creo que se equivoca cuando dice que él está convencido de que Venezuela es el mejor país del mundo. Yo, en este sentido, me hago una única y discreta pregunta: ¿En el mejor país del mundo existirían más de 7.000 personas que le darían su voto a María Bolívar? No lo sé. Esa retórica nacionalista-patriotera no es sana. Todos los países del mundo tienen sus bondades y sus deficiencias. Ninguno es mejor que otro, los pueblos (en lo esencial) son los mismos. En el caso de Venezuela, como el desengañado Sócrates, solo puedo decir que no sé ni entiendo nada y que creo que, poco a poco, nos estamos acostumbrando al amargo sabor de la cicuta.

Finalmente, retomando el comentario del inicio, reitero mi impresión de que a esa señora de la oficina cercana a la Plaza Caracas, yo no le creo nada. Si alguno de los cuarenta ladrones del relato del viejo Alí Babá, me ofreciera un carro usado a un precio asequible, consideraría su propuesta. Su oferta me inspiraría más confianza que las risas cómplices de esta persona cuya eticidad, a mi juicio, es más que discutible. Solo es mi opinión y, a quién le disguste, este es mi blog. En Venezuela, la plataforma web WordPress todavía no ha sido expropiada.

Saludos,

E.

PD: Quisiera hacer un reconocimiento a mi amigo Antonio López quien,  junto a un grupo de valiosas personas pertenecientes al Comando Internacional de Primero Justicia, hizo un trabajo exhaustivo para canalizar de la mejor manera el proceso electoral en España. Sin el aporte de esta gente, el padrón del registro electoral no hubiera sido el mismo y la información (que el consulado nunca facilitó) no hubiera circulado de la misma manera. Sé que en la Venezuela contemporánea, para algunos sectores de oposición, existe la leyenda de que todos los que estamos fuera del país somos unos malditos bastardos. En mi caso, puede ser. Sé que, cuando llegue el momento, me tocará padecer el calor de la paila, pero estos chamos hicieron un trabajo inmenso, muy serio y responsable. Para todos ellos, mi admiración y mi respeto.

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Perdido entre la decepción y la belleza

Descansar ya no es lo que era. La vida cotidiana, incluso en los llamados días de asueto, está condicionada por el estrés y la neurosis. No me gusta la rutina de mi siglo. Mi reticencia se funda en la creciente inactividad de la memoria. Todas las mañanas me pregunto cómo sería la vida sin la férrea vigilancia de un teléfono celular o el cancerígeno BlackBerry. Me incomoda reconocer que formo parte de una generación anestesiada por Facebook y Twitter. En nuestros días, la felicidad y la desgracia se reducen a 140 caracteres o un aséptico Me gusta. Google y Wikipedia, entre otros demiurgos, transformaron la experiencia estética en mera información. El sopor del siglo también ha contaminado el diseño y el goce de las vacaciones. No hay lugar para la conmoción ni la sorpresa. El reposo y el placer se vuelven categorías extintas. Contaré un par de casos que resumen mi experiencia de la decepción.

Durante muchos años me aficioné a la invención de Florencia. Las imágenes del libro Historia del Arte de Cándido Millán (octavo grado) me permitieron trazar un primer borrador. Entender la pintura fue una serie que, alguna vez, publicó El Nacional o la revista Bohemia. Aquellos libros fueron el pilar de mi Florencia personal. Sandro Botticelli se convirtió en ídolo juvenil, en un virtuoso constructor de fetiches. Omnivisión Multicanal, por su parte, presentó un martes clásico La agonía y el éxtasis. Desde entonces, Miguel Ángel Buonarroti posee el rostro severo de Charlton Heston. Mi imaginario florentino también se enriqueció con la lectura del Dante, Maquiavelo, Guicciardini y, entre otros, el Bomarzo de Mujica Lainez. Florencia fue un compendio de placeres librescos que entre compromisos académicos y limitaciones de presupuesto quedaba demasiado lejos.  La Toscana, con el paso de los años, se convirtió en un destino imposible. En aquel tiempo, las vacaciones quedaban en un lugar cercano, despojado de cualquier tipo de romanticismo: Tacarigua de Mamporal, en Barlovento.

Belleza y decepción. Visité Florencia en el verano de 2007. Una huelga de trabajadores del aseo urbano saturaba las calles de basura. Un mesonero latino contó que, en ese tiempo, existía un conflicto irresoluble entre dos alcaldes de grupos políticos adversos. Los servicios públicos habían sido los principales afectados por el debate. La electricidad vacilaba; algunas plazas permanecían en la oscuridad absoluta. El Ponte Vecchio estaba rebosado de indigentes y escombros. El Arno era igualito al Guaire. El bazar de la ribera me recordó la entrada del barrio Los Chaguaramos. Por otro lado, la contemplación del pasado exigía sendos honorarios. Todas las iglesias requerían precios exagerados para visitar legados artísticos o lugares de reposo. Luego, tras pagar y entrar en estos recintos, los mercaderes informaban que la mayor parte de las obras estaban cubiertas por andamios o habían sido prestadas a museos de Sydney o Cincinnati. El viaje real, en comparación con el viaje imaginario, resultó una estafa. La Galería de los Uffizi, invadida por japoneses (armados con paraguas y flashes), suscribió el desengaño. En medio del desastre, Botticelli no me dijo nada. Observé las pinturas con atención y caí en cuenta de que me las sabía de memoria. Aquello ya lo había visto (en libros, en catálogos, en guías, en revistas, en Internet). Había puesto tanto empeño en aprehender la belleza que, a la hora de confrontarla, no la reconocíInicié, entonces, una reflexión mortificada sobre los crueles contrastes entre la imaginación y la vivencia. Con profundo pesar, me di cuenta de que en un vano empeño por estar a la altura de la Historia, la Crítica Literaria y la Educación Estética había sacrificado la experiencia reveladora del arte.

Otra decepción, diferente pero idéntica, ocurrió en la isla de Malta. Joan Manuel Serrat, entre otros, es responsable de mi contemplación acrítica del Mediterráneo. Un verano reciente, elegí Malta como destino turístico. El argumento real, al margen de los versos serratianos, fue de carácter económico: los costos eran asequibles. Con el fin de evitar desencuentros entre lugares imaginarios y lugares reales preferí asaltar una ciudad sobre la que no tenía ninguna noticia. La tara académica-libresca, sin embargo, alentó un intuitivo research.  No fui capaz de confrontar la pulsión de escribir “Malta” en Google y explorar el Aleph de Wikipedia. El rumor sobre los Caballeros de la Orden de Malta forjó las primeras expectativas. Después de mucho tiempo, volví a ver El halcón maltés. Repasé, además, los pasajes de la vida de San Pablo en los que se relata el naufragio del apóstol en las costas de La Valeta. Cometí el error habitual: viajé antes de viajar. No me di la oportunidad de la vivencia, de estar ahí y dejarme impresionar por la naturaleza o el sublime compendio de las costumbres humanas. Cuando llegué a la bahía de San Julián encontré una versión expresionista de Lecherías, administrada por urbanistas ignorantes. La bahía de San Julián es uno de esos lugares cuya belleza natural ha sido desvencijada por el aciago concepto del resort. La construcción improvisada de condominios, hoteles y malecones convirtió este lugar del mundo en una de tantas ciudades artificiales, en otro paraíso prefabricado con conexión WiFi. Como en el caso del héroe proustiano, la imaginación se llevó el crédito y el mundo no estuvo a la altura.

Memoria del hastío. Este testimonio, referido a mis decepciones y entuertos con el siglo, no pretende ser un acto de protesta. Simplemente, ejerzo mi derecho al hastío. Soy consciente de mis contradicciones y anacronismos. Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer, reconozco junto al viejo Herzog. Me gusta leer en papel. Me gusta observar fotografías amarillas, perdidas en cajas o álbumes comidos por la polilla y el tiempo. Tengo la certeza de que la resolución de la memoria es mucho más óptima que la de Instagram. Durante muchos años, creí que la felicidad y la belleza eran valores ocultos, inscritos en libros, lienzos o ciudades legendarias. La vida me ha permitido conocer distintos lugares del mundo. Algunos de ellos, como Malta o Florencia, dejaron en mi memoria un incisivo malestar. Curiosamente, con el paso del tiempo, la memoria adulta se ha vuelto aficionada a un lugar que nunca me tomé en serio y que siempre estuvo ahí: el viejo Barlovento. Un recuerdo habitual ocurre en Tacarigua de Mamporal, en la casa de mi abuela Celia. Cuando, vencido por las tribulaciones del insomnio, evoco vacaciones felices no recreo las calles de Malta ni las de Florencia. No suelo echar de menos los aeropuertos de mis mundos inventados. En medio de una risa tonta, me conformo con recordar el desayuno abundante de las viejas o el día que disfrazamos un mecate con tierra, amarramos a mi primo Nelson y, en el medio del patio, lo paramos de cabeza. En el fondo, como el viejo Ciorán, solo soy un romántico tardío,salvado por el cinismo.

(Publicado originalmente en la sección Siete Días de EL NACIONAL el 12 de agosto de 2012).

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Gisela Kosak, cronista de la locura corriente

Sobre En Rojo y Todas las lunas.

Las diferencias entre En rojo (Alfa, 2011) y Todas las lunas (Equinoccio, 2011) se presentan en el territorio de la apariencia. Reseñas, entrevistas y apuntes sugieren que estos trabajos de Gisela Kosak Rovero poseen materias literarias contrapuestas e irreconciliables. La comparación, a primera vista, presenta una serie de antinomias: utopía y realidad, hedonismo y miseria, placer y dolor. Mientras el libro de cuentos relata el triste devenir de una ciudad podrida, la novela construye un universo mágico en el que la felicidad parece ser un valor privilegiado y asequible. Sospecho, sin embargo, que las fronteras que delimitan estos espacios de ficción no son tan rigurosas como lo crítica pretende. Una lectura atenta descubre flexibles “bordes de continuidad” entre las capitales protagonistas (usurpo la idea del borde a Oscar Rodríguez Ortiz).

Todas las lunas es un texto raro, atípico en el marco de las ficciones venezolanas contemporáneas. La novela cuenta la historia de lugares imposibles que, según la cartografía oficial, no tienen ningún tipo de relación con la Caracas amorfa que ostenta su debacle en las páginas de En rojo. Esta breve reseña pretende subrayar los caminos ocultos que comunican estos variables universos.

En rojo, hiperrealismo de la miseria

El anonimato, la identidad ausente, se constituye como el principal atributo del libro. En rojo es un tratado zoológico (o sociológico) en el que la vida humana se convierte en un vasto anecdotario de tristezas. Cualquier tipo de expectativa, como la idea de libertad, o cualquier otra estupidez exaltada (ER: 37), aparece bajo la forma del incordio o la impertinencia. Caracas proscribe cualquier tipo de esperanza. La capital no admite la figura del héroe; todo aquel que se atreve a establecer algún tipo de diferencia es calificado (en el sentido cervantino del término) como un pendejo ejemplar. Una amarga simpatía proyectan las peripecias de estos hombres y mujeres sin atributos que parecieran empeñarse, únicamente, en la búsqueda deliberada de la propia ruina (ER: 31).

Más de cincuenta relatos exponen una irrefutable evidencia de derrota. La pobreza moral de los personajes, representantes de distintos géneros, clases y oficios, permite trazar el esbozo de una ciudad sin discurso. Los habitantes del texto dan tumbos sobre el vacío; satisfacen su resignación degenerativa entre pulsiones eróticas, curda, la burda viveza o la fugaz alegría que, día a día, otorga la supervivencia.

Citaré, entre todo este compendio de desventuras, un relato ilustrativo que, en gran medida, llamó mi atención y mortificación: “Ir y quedarse” (ER: 61-62). El cuento es despiadado. Una mujer histérica contempla la alternativa del suicidio. La protagonista es portadora de una melancolía genuina, inmune a recetas o lugares comunes de terapeutas indolentes. La mujer de treinta y ocho años camina cerca del río Guaire. La posibilidad de desaparecer en esas corrientes de dudoso origen y olor sulfurado se presenta como una eficaz alternativa. Caracas, sin embargo, refuta su intención. Gobernadores y alcaldes iluminaron el río con el fin de celebrar la más vulgar e irredenta noción de Navidad. El escenario de luces es horrible, la fauna de bombillos acelera su indigestión. Ella, presa de horror observa delfines, ranas, hipocampos, conejos, bambalinas y renos que iluminan la noche. Primero viva que ridícula, dice al imaginar su patética inmersión. Esta reflexión, como sentencia cartesiana, proyecta el sentimiento trágico de la lógica urbana, de la visión del mundo expuesta por un grupo de personajes ahumados, abandonados a su soledad y su suerte.

Todas las lunas o la felicidad posible

Todas las lunas, por otro lado, celebra la vida y la escritura. La novela es una refutación a la convivencia imposible (a la condición humana revocada). El entorno se diluye y aparece el individuo. Estefanía, capital del relato, devuelve la dignidad a los nombres propios. Cada uno de los personajes, a diferencia de los caminantes anónimos (y anodinos) del libro de cuentos, es consciente de su identidad, posee un nombre, un apellido y una historia. El mundo interior de los protagonistas es el que modela sus felicidades o desgracias.

La sociedad de Estefanía, por momentos, parece emular algunas de las ordenanzas expuestas por Platón en la Comunidad de Mujeres e Hijos de La República. La tensión entre los sexos es de los principales atributos del texto. El discurso erótico, la sensualidad omnisciente, define la naturaleza de los personajes. Todas las lunas también posee un amplio bagaje erudito. Si bien Estefanía, Tecla y Diomira no quedan (geográficamente) en ninguna parte, histórica y culturalmente se insertan en un reconocible discurso cultural y libresco.

La novela plantea una compleja discusión en torno al argumento. La conjunción de voces, visiones, registros y estrategias narrativas, confunde (de manera intencionada) las expectativas del lector. La búsqueda de Loren, en principio, se presenta como un objetivo común. La desaparición de este personaje, el equilibrio roto por su ausencia, se presenta como estructura de sostén. Todas las lunas, sin embargo, promueve lecturas ocultas. La novela puede interpretarse como relato iniciático, como crónica incompleta, como diario, como texto de memorias. Y, justamente, en el frugal laberinto de la memoria es donde encuentro afinidades y reflejos convexos con la Caracas de En Rojo.

Lecturas simultáneas

La Caracas de Gisela Kosak, abordada en Pecados de la capital y otras historias (Monte Ávila, 2005) e, incluso, Latidos de Caracas (Alfaguara, 2006) ostenta un sentido del humor y la ironía que dosifica la perspectiva crítica. En esos textos, el entorno no pierde su condición de elemento de fondo. La Caracas de En Rojo, sin embargo, es la representación del Mal absoluto. En ella, la existencia implica la tristeza. Cada relato proyecta un incisivo disgusto. El ejercicio creativo tiene síntomas de nausea. Como lector, tengo la impresión de que la autora nunca se sintió cómoda con esa descripción hiperrealista. Percibo, en este sentido, que tanto en el compromiso de En rojo como en la visión escapista de Todas las lunas hay una lúcida conciencia de protesta. Todas las lunas es una novela de resistencia que toma partido a favor de las expectativas, convicciones y respeto por las más elementales dignidades humanas, aquellas que desaparecieron en la ciudad de los cuentos. Estefanía es aquello que Caracas dejó de ser, lo que perdió, lo que pudo ser (lo que quedó en la memoria), lo posible. Estefanía es la utopía que propone la imaginación literaria ante la inminencia de la derrota. Los relatos de Gisela Kozak muestran con pesar cómo Caracas se convirtió en un lugar de paso, en una comunidad de “olvidadores” que perdió la fe en el pasado, en el futuro y que, a la espera de la extinción, confronta la pandemia del presente. Estefanía es un exilio interior, un espacio de fuga, una invención que dignifica el poder de la palabra y, de alguna forma, contempla la posibilidad de la esperanza.

Pero incluso en Estefanía, a pesar de las venturas del contexto, el destino de los seres humanos parece estar determinado por un malestar interior, por un ejercicio de renuncia. Hay un fascinante pesimismo en el trabajo literario de Gisela Kosak que, de la misma manera, condena a los individuos a padecer el fuego del infierno y el aburrido bochorno del cielo.

Recomiendo la lectura simultanea de estos dos libros. Fantasía y realidad alternan roles en lugares distantes y, en apariencia, antitéticos. La urgencia de la memoria, el sacrificio de la infancia, la orfandad, la angustia por el paso del tiempo, el caos de la sensualidad y el sentimiento migratorio son argumentos recurrentes. La lectura comparada (la estrategia del espejo) encuentra curiosas coincidencias entre la expectativa y la debacle, entre la ciudad que perdimos y las utopías que nunca están de más.

(Publicado originalmente en el blog #Librodeldía en julio de 2012).

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La ciudad del vacío

A Ivanna, Pita, Lela, Ro, Fa, Johann y los otros.

“La Copa América sacó lo peor de la venezolanidad”, me dijo recientemente un amigo desterrado. El comentario del apátrida no se refería al nivel competitivo del equipo, su ironía se enfocaba en la vulgaridad de la afición, en la pobreza del lenguaje laudatorio, en el hecho trágico de una sociedad que nunca aprendió a perder y que tampoco sabe ganar. Ecuatorianos, chilenos, paraguayos y peruanos fueron las víctimas de nuestro más valioso patrimonio: el agravio. En aquel tiempo, las trincheras de Facebook y Twitter (la sensible mirada del anonimato) enunciaron una serie de insultos desproporcionados, racistas, incendiarios y prepotentes contra la idiosincrasia de los rivales. Todo, en teoría, con el fin último de celebrar nuestra idea retórica de patria.

Recordé la sentencia del exiliado tras la aparición y destrucción virtual del trabajo de mi exalumna (ad honorem) Ivanna Chávez Idrogo. Hace unos días, en horas de la mañana, la periodista de El Universal, Ana María Hernández, me envió el documento para pedir mi opinión. No sabía, entonces, que se había desencadenado la vorágine. Solo vi un par de minutos. Pensé que se trataba de un cortico cualquiera, de un trabajo experimental sobre cualquier asunto. Distintos compromisos, y el autismo del router, no me permitieron verlo completo. Di una respuesta amable a Ana María y tomé la decisión de verlo más tarde.

En cuestión de minutos, apareció la burla. Cuando tuve la oportunidad de volver a revisar Internet encontré la esencia de esa cosa amorfa, balcánica y gastada que, con paradójico orgullo, todavía se llama Venezuela. La despiadada recepción del trabajo de Ivanna Chávez Idrogo y Javier Pita es un elogio a la intolerancia, un ejercicio de estupidez humana que ilustra a la perfección el conjunto de nuestros más grandes complejos y carencias. De alguna forma, el discurso político triunfó: aprendimos el odio. Actualmente, nuestra cobardía, censurada por la vigilancia militar, el Seniat, Cadivi y la delincuencia común (entre otros), solo puede apelar al recurso del insulto ESCRITO EN MAYÚSCULAS. En lugar de condenar con el mismo ímpetu la triste cultura del asesinato cotidiano, el testimonio inaceptable de un magistrado de la Corte de la Vergüenza o la inoperancia de las instituciones, empeñamos nuestra vocación destructiva, nuestro corazón nazi, en humillar a un grupo de carajitos que, simplemente, expresaron una opinión sobre un tema que los afecta.

Ivanna Chávez Idrogo, Pita, Lela, Johan, Ro, Fa y sus panas no son los responsables de la pobreza de nuestro vocabulario. Los argumentos que sustentan el fracaso escolar en Venezuela son anteriores a la aparición de “Caracas, ciudad de despedidas”. Disfrazamos nuestra ignorancia con la invención de mitos, de referentes que aglutinan el odio bajo la fórmula del chiste. Aparece, por ejemplo (caso patético), el nombre de Alicia Machado. El comentario desafortunado de esta mujer la convirtió en el reducto de una de nuestras mayores taras sociales: la ignorancia. Los guerreros, entonces, armados de mayúsculas sostenidas, ofensas mal escritas, anécdotas ingeniosas e insultos (tristemente) divertidos, destruyeron a la víctima. Porque, curiosamente, en este país de ciudadanos soberbios todos somos licenciados en Geografía, especialistas en Historia Moderna, Letrados, Críticos Culturales, Analistas Deportivos, Politólogos. Aquí, todos lo sabemos todo y, además, tenemos algo que decir sobre todo. En nuestra ceguera (en nuestro narcisismo) confundimos la opinión con la verdad y asumimos esa verdad individual como la única posible. El fracaso de la democracia en este país se funda en la incapacidad de los hombres y mujeres de Venezuela para respetar las perspectivas ajenas; para valorar la inevitable condición del defecto, los vicios, la torpeza y el error como cualidades humanas. El autoritarismo del agravio prela el desarrollo social; la pulsión irreversible de mentarle la madre a todo aquel que no sea como nosotros es uno de los más sólidos argumentos de nuestra falsa épica, de nuestra tragicomedia.

En estos días inciertos, el odio nacional (disciplina olímpica en la que ostentamos uno de los equipos más competitivos) se ceba contra unos chamos que, simplemente, hicieron un trabajo con más o menos defectos, con más o menos estupidez (legitimada por la juventud) y con más o menos talento. (Milagros Socorro hace una lectura interesante sobre las cualidades del documento).

Sé que los muchachos han recibido insultos directos y amenazas contra su integridad física. Sus familias han sido receptoras de un cúmulo inaceptable de groserías. Este testimonio pretende expresar mi solidaridad con Ivanna Chávez Idrogo, Javier Pita, la loca Lela, Johann, Fabiana Briceño y el equipo de chamos que participaron en la muestra. En especial, ofrezco estas palabras a mi amigo Rodrigo Michelangeli y a sus familiares.

Me iría demasiado, je, je. La frase, per se, tiene sonoridad. Un publicista, un redactor de singles, la adoptaría de manera gustosa para promocionar alguna marca. Me fui de Venezuela hace más de cuatro años. Las mejores personas que conozco, por las que siento mayor admiración y respeto, las conocí en este país. Igualmente, por estas calles (como diría el poeta Di Marzo), he tropezado con las peores pasiones y bajezas del espíritu humano. Aquí he conocido seres envilecidos y podridos, vencidos, resignados, soberbios narcisos que buscan su reflejo en las aguas del Guaire (Lautaro Sanz, dixit).

¿Somos un país?, suelo preguntarme en las noches melancólicas del insomnio. El actor Héctor Mayerston, en algún parlamento de Disparen a matar, responde desde la memoria: “Esta mierda no es un país, solo somos un estacionamiento lleno de gente”.

E.

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Ejercicios de admiración:

En esta entrega: Sabrina Gómez, Kiara

Hace unas semanas, cuando decidí seguir la cuenta de Twitter de Sabrina Gómez, recordé la mañana en la que mi mamá me llevó a la tienda Sarela del Centro Comercial Concresa a comprar el perfume Deskaro. La contundencia del recuerdo no permitió autoengaños. La evidencia era irrefutable: acababa de cumplir 12 años y estaba profundamente enamorado de Kiara. Alguna vez, mientras esperaba su aparición en Sábado Sensacional, mi hermana me contó que el objeto de mi afecto, en realidad, se llamaba Sabrina Gómez y que era de profesión abogado. “Pasaron los años. Nació gente, murió gente… Nuevos años pasaron”, dice Eça de Queirós al final de “Los Maia”. Algo así ocurrió en la historia de aquel romance contemplativo. El tropiezo en Twitter, sin embargo, le dio una patada a la memoria. La medianoche prefiguró el insomnio. El techo, pedante como siempre, tomó partido a favor del desvelo. Una idea, entonces, confrontó los motores del aburrimiento. Conecté el disco duro externo a la laptop y exploré una vieja carpeta. Sabía que la encontraría. Transferí todo al iPod. Busqué un vaso corto, hielo, ron, un toque de agua. Música > Artistas > Kiara.

“Es el amor” fue el primer ejercicio, los perfiles pixelados de Catherine Fulop y Fernando Carrillo, como animación de PowerPoint, aparecieron en los bordes del recuerdo. Aquel era el preludio de la telenovela Pasionaria. El sintetizador (esencial en la propuesta estética de Pablo Manavello) mostró los primeros acordes. Y, después de muchos años, volví a escucharla: “Tu boca arrastra mi boca/ los besos ruedan sin parar…”. Levanté el vaso al aire y brindé a la salud de la memoria. ¡Grande, Sabrina! Esta canción arrastra vicios inevitables en gran parte de la creación baladológica ochentera: hay un abuso del arreglo electrónico. Todos los instrumentos pasan por el filtro disonante del teclado. Kiara, sin embargo, elude los defectos de fondo con uno de los principales atributos a los que puede aspirar un artista: el estilo. El principio de la causalidad me obligó a saltar a otra pieza importante: “Con mi cara tan lavada”, primer sencillo promocional de Buscando Pelea (1990). Una vez más, el sintetizador confronta mi sensibilidad aséptica. “Con mi cara…” nunca fue una canción por la que sintiera preferencia. Siempre tuve la impresión de que, con este tema, Felix Madrigal y Pablo Manavello, quisieron imitar el efecto erótico/trágico que Rudy LaScala había conseguido con “Qué bello” pero el resultado, sin ser deficiente, muestra a primera vista su calidad de copia. (Imitar a Rudy, ese incomprendido, vilipendiado y originalísimo bardo, no es cosa fácil). De Buscando Pelea, la canción que más me gustaba era “De nuevo estoy temblando”. Tenía un siglo sin escucharla; balada a la italiana (de la escuela de Lucio Dalla), original de M.Marinangeli, versionada por Madrigal y Manavello. El recital continuó con el tema más importante de Buscando Pelea: “Quiero un ángel”, adaptación de Felix Madrigal, inscrita también en el modelo clásico de la balada italiana. En Venezuela, esta canción representó una denuncia pionera sobre casos de violencia de género. “Quiero un ángel”, curiosamente (incluso hoy día), puede ser interpretada como una balada de protesta. Venevisión, durante un par de años, transmitió los días viernes un programa llamado Romance Musical en el que se contaban algunas historias inspiradas en el cancionero de moda. Si la memoria no me traiciona, creo recordar que Mariano Álvarez participó en la versión dramática de “Quiero un ángel” (No sé si era el ángel o el demonio). La denuncia y el miedo se citan desde el primer verso: “Yo vivo en la desgracia / que él siempre me entregó“. El poeta, a través de la voz de Sabrina, hace alusión a la vigilancia opresiva, el rigor de los celos, la imposibilidad de la paciencia, el temor por la soledad y la incontrolable violencia del amante. “Vivía en el infierno / me secuestraba el sueño”, dice con pesar el hermoso timbre de mi Lupe ochentera. El efecto del licor, pasado por los excesos de Buscando Pelea, me incitó a dar un paso trágico, un salto al vacío, un golpe bajo a la memoria: el primer disco de Sabrina.

Kiara (1988) incluye uno de los más preciados logros de la balada venezolana finisecular: “Después de ti, composición original de Frank Quintero. Esta pieza, según mi discreto criterio melómano, es una de las mejores canciones de Sabrina. Usando a conciencia los matices graves de su voz, describe la fugacidad de la belleza, la melancolía resignada, la felicidad condicionada por el amor ausente. “Deskarado, por su parte, fue una canción esencial en la consolidación de la ochentería. Con ella, Pablo Manavello definió el estilo de la artista. La figura de Kiara se construyó alrededor de la imagen de femme fatale que esta canción dignifica y celebra. “Deskarado fue algo más que una marca. Con este tema, Sabrina propuso un nuevo concepto de feminidad en el contexto patriarcal y machista del cancionero venezolano. Hasta entonces, en la balada clásica, la mujer solía tener un rol meramente romántico, contemplativo y pasivo. La madrugada, prendada de Kiara, continuó con “A más de uno”, “Tú, me faltas tú” y “Alas de libertad” (joya original de Frank Quintero y Guillermo Carrasco). A conciencia, eludí la tercera del Lado A. Sé perfectamente que el iPod carece de agujas, palancas y revoluciones pero en ese momento, sosteniendo entre mis manos una carátula imaginaria, no pude evitar la sensación de deja vú. Al final, decidí confrontarla: Play. ¡Qué bolas este tema!, me dije. Y Kiara, por su parte, tras una breve cortina de guitarra: “Por qué me miras así / mientras me visto sin ti / recuerda bien este cuerpo que fue tuyo a placer para amar y olvidar”. ¡Su madre! Esa voz, herida y quebrada, sirve de preludio a una de las más importantes baladas eróticas de la historia contemporánea: “Qué bello”. Con estas canciones, Kiara desarrolló un contenido hardcore que para la época, sin duda, representó una flagrante transgresión. “Qué bello”, además, tiene un complemento necesario, un lado B, una continuación, un dueto con Guillermo Dávila que sirvió de banda sonora a la telenovela La Revancha. Me refiero al clásico “Tesoro mío”, composición original del crack baladológico Rudy LaScala.

Años más tarde (tragos más tarde) apareció Como un huracán (1992). Entre todo el conjunto de la obra de Sabrina, este trabajo, a mi juicio, es el que más adolece del exceso electrónico. Aunque se publica en 1992, el disco en su totalidad es muy ochentero. Las percusiones falsas, el exceso de bajos, el sintetizador omnipresente y el abuso de los coros le resta fuerza a interpretaciones de calidad. En esta oportunidad, también de la mano de Frank Quintero, Sabrina hace otro gran aporte al compendio de la balada erótica: “Baila conmigo”, clase magistral del curso académico Baladología II. Como un huracán, por otro lado, incluye una de las canciones más crueles en la historia de la composición romántica. Nunca, en mis rigurosos estudios baladológicos, he tropezado con una letra más despiadada que la de “No me importa nada” (P.Varona/ M. Rodríguez/ G. Varona). Si alguien quiere hacerle daño emocional a otro ser humano, solo debe obsequiarle los versos de esta canción. El timbre de Kiara, además, hace que la letra sea mucho más hiriente. Pero el gran éxito comercial de Como un huracán fue “Libérame”. Kiara, en este contexto, tras gestionar la creatividad lírica de talentos como Rudy LaScala, Pablo Manavello, Felix Madrigal y Frank Quintero en sus primeros trabajos, en esta nueva oportunidad, se asoció a uno de los más grandes realizadores de la canción contemporánea: Franco de Vita. Y, es curioso, Franco escribió “Libérame” utilizando los mismos arreglos que, un año más tarde, desarrollaría en su trabajo Voces a mi alrededor (1993). Sugiero a baladólogos ociosos hacer el ejercicio: escuchen algún tema de Voces y luego salten a “Libérame”. Los arreglos son idénticos. Se percibe, a primera vista, que a estas canciones las sostiene el mismo aliento creativo.

Luna de plata (1995) lo compré en CD, fue mi primer CD de Sabrina, todos los demás los tenía en acetato. “Nadie como tú” y “Hey hey” fueron los primeros sencillos, los que ella solía interpretar en Sábado Sensacional. Mi debilidad, sin embargo, siempre se centró en la canción que da título al disco. “Luna de Plata”, adaptación de Carlos Montoro, forma parte esencial de mi antología privada de la balada/pop noventera. Tengo la impresión, no lo sé, de que Luna de plata es el trabajo de Kiara menos condicionado por el contexto. Los arreglos acústicos, por primera vez, están por encima del sintetizador y el teclado. El paradigma musical ochentero, poco a poco, desaparece.

Corazón de contrabando (1997) coincidió con un período desafortunado para muchos artistas venezolanos. Quizás, solo Franco de Vita y Ricardo Montaner lograron mantenerse a flote ante el avance de la abulia, las tendencias en boga y las nuevas generaciones que, por distintas razones, perdieron interés por el pasado reciente. La radio, intempestivamente, dejó de favorecer a los intérpretes locales. Con el paso del tiempo, Kiara desapareció del dial. En esos días inciertos, fiel a mi espíritu baladológico, a pesar de la burla de los panas, me compré mi “Corazón de Contrabando” en el Recordland del Concresa. En ese CD, Kiara interpreta una canción original de Joaquín Sabina. Lo hace, además, diez años antes de que el propio Joaquín la grabara en Alivio de luto. Me refiero, justamente, a la canción que da título al disco. Lúcida en sus selecciones, interpretó un tema del para entonces extraño (por no decir inédito en América Latina) Pedro Guerra: “Cada dos días”. Dicen que soy una mujer original aunque lo intento cada día, recuerdan las cornetas. Al escucharla, tuve la impresión de que, alguna vez, en un programa malo de Televén, vi el videoclip dirigido por uno de los integrantes de la mítica Zapato3. El recuerdo, sin embargo, es muy inestable. Tras “Cada dos días”, se terminó la botella.

En combate singular con el techo formulé inútiles reflexiones sobre el abandono de las aficiones de juventud y los prejuicios venezolanos en torno al patrimonio. Muchos amigos músicos, letrados, intelectuales e insolentes acostumbran condenar con rigor mi debilidad por el género de la balada, en particular, por la balada latinoamericana ochentera y noventosa. En el caso de los artistas locales ese rigor suele ser mucho más implacable. El argumento con el que acostumbran desmontar el trabajo de estos intérpretes es el de una supuesta condición irrefutable de producto. Dicen que Sonorodven, entre otras industrias, apelando a la lógica del mercado, se propuso la invención de artistas de ficción como Karina, Guillermo Dávila o Kiara, que aquellas baladas no fueron más que una estrategia comercial cuya única pretensión era distraer la imaginación domesticada de una sociedad ingenua y críticamente pasiva. La verdad, creo que no me interesaría saber si Rudy LaScala o Pablo Manavello, reunidos con algún gerente de medios, hayan confeccionado la invención de Sabrina Gómez. No sé si Kiara fue un nombre ficticio que se elaboró en una oficina y que, tras una sesión de casting, se le adjudicó a la intérprete que más se parecía al modelo descrito en un cuaderno. Hoy día, repasando estas canciones, solo puedo decir que el trabajo de esas personas está ahí y que, guste o disguste, forma parte esencial de una tradición cultural que no ha sido inventariada ni estudiada con la atención y el respeto que merece. En el caso de Sabrina, el estilo es auténtico. La voz se defiende por sí sola. Esta mujer, además, fue capaz de convertir un verso sencillo como Y yo que te deseo a morir en una fórmula mágica que Georges Bataille, sin duda, hubiera querido incorporar como bibliografía a su clásico ensayo sobre el erotismo.

El amanecer hizo guiños tras la ventana sucia. ¿Dormir? preguntó el techo. Fuck, un nuevo día. Como dice Bukowski en uno de sus diarios: ¡Dios mío!, ¿Y ahora qué? El recuerdo de Sabrina, el tropiezo en Twitter ameritaba un bis. Giré la rueda del iPod. Mastiqué el último trozo de hielo. Retrocedí hasta la G. Artistas> Guaco (Featuring Kiara)> Triceratops>”Siempre juntos”. Play. ¡Qué grande Sabrina!

E.

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Los “peomas” de Blue Label/Etiqueta Azul


Cuenta Eugenia Blanc en sus cuadernos que, el día que visitó por primera vez la casa de Titina Barca, se encontró con un curioso recital de peomas (BL/EA:31, Libros de El Nacional, 2010). Muchos de esos trabajos, por cuestiones de espacio, fueron suprimidos de la novela. Actualmente, los peomas de José Miguel, Titina, Nairobi, Mel y Pelolindo permanecen dispersos en servilletas, facturas de Subway y olvidados cuadernos de colegio.

Sé de buena fuente que la noche de la fiesta, mientras Eugenia padecía su fascinación por Luis Tévez, su amigo José Miguel estaba muy nervioso. El Gordo se debatía entre la lectura de dos peomas: “El Romance en McDonald’s” o el “Canto al onanismo”. El Gordo decidió sacrificar la lectura del Romance; pensó que aquellos versos podían delatarlo, que Titina, su habitual compañera de almuerzos, podría llegar a incomodarse. Esa noche, tal como relata Eugenia, José Miguel prefirió leer el “Canto al onanismo”.

Mel Camacho, por su parte, improvisó un peoma dedicado a una novia sifrina que al parecer, por lo que cuenta Vadier Hernández en sus Memorias Bobas, pretende incluir en un próximo libro titulado Antología de las letrinas.

Comparto con los lectores de Blue Label/Etiqueta Azul estos dos peomas con los que tropecé en las páginas de una agenda vieja.

Saludos,

E.

 

 

ROMANCE EN McDONALD’S

 

A Titina

Ansío la fragancia de tu combo de pollo:

la lechuga vencida, el tomate de plástico, el pepinillo falso.

Como haragán en manos del empleado del mes,

tu recuerdo golpea mis rodillas:

Y perdido en la más inmensa soledad

(en el segundo piso del McDonald’s de Santa Fe),

añoro tu mayonesa de bolsita,

la Coca-Cola tibia de tus ojos,

el cupón de descuento de tu risa,

la cajita feliz de mi tristeza.

¡Tú!… Mi cuarto de libra, mi sundae sin maní.

Dibujo en servilletas, con la punta de un pitillo empapado en Nestea,

el sueño de morir

ahogado en tu piscina de pelotas.

Por José Miguel

 

 

SIN TÍTULO

 

A una novia sifrina

 

Me gustas porque eres sifrina, muy sifrina.

Amo tu ridiculez y tu esnobismo,

Adoro tu clasismo y tu racismo tácito.

Me enloquecen tus sostenes de marca,

velados por la transparencia de una blusa importada.

Recito en soledad la jerga de tus muletillas:

tus anyway, tus whatever, el canto sacro de tus loser.

Me gustas cuando dices que no soportas el olor del cambur.

Cuando, con cara de asco, le quitas el quemao a las arepas.

Cuando me pides que te bese con cuidado

porque la saliva te pica

y mi lengua te da cosita.

Por Mel Camacho

 

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La última clase

Consideraciones en torno a la educación en Venezuela y el vil asesinato de Karen Berendique.


IMAGEN: CARMEN LUNA

«¡Qué desgracia tener que enseñar la historia de esta mierda!», escribí en la parte de atrás de un voucher. Transcurría, entonces, el año 2006 y era profesor de la cátedra Historia de Venezuela. La radio matutina contó las noticias de la Nueva Sodoma. Lo de siempre, ocurrió un asesinato atroz (hoy día olvidado, como tantos). La indignación me impedía levantarme. En una hora, aproximadamente, comenzaría mi clase en el colegio. En la mesa de noche encontré un voucher y un bolígrafo sin mucha tinta: «¡Qué desgracia…», escribí.

Con idéntico malestar al de aquella mañana he seguido las noticias en torno al asesinato de Karen Berendique. El testimonio que mi amigo Valmore Muñoz Arteaga expuso en su blog reforzó la indigestión. Valmore fue profesor de Karen en el Colegio Alemán de Maracaibo. La empatía natural del oficio desbarató mis nervios. Si la docencia se ejerce con vocación suficiente, asimilar el asesinato de un estudiante debe ser un golpe tan fuerte como aquellos que, con gran pesar, enumera el poeta Vallejo.

La madrugada madrileña, diluida en litros de Valeriana, me lleva de la mano hasta el colegio. Una vez más, la profesión me insulta y me reclama por los años de ausencia. Uno de los mayores problemas que percibí durante mi ejercicio de la docencia tenía que ver con el desencuentro generacional (la taxonomía del abismo). La distancia entre el universo de los chamos y la fábula pedagógica prevista por programas, reglamentos y ministerios altruistas tenía dimensiones abruptas. Como docentes, nos costaba mucho establecer diferencias prácticas entre formación e información; no sé por qué, vulgarmente, privilegiamos la segunda. Nunca asimilamos de buena manera el hecho de que a muchos de los estudiantes no les interesara lo que teníamos que decir. Tampoco nos dimos cuenta de que el mundo en el que ellos se desenvolvían no aparecía reflejado en nuestros esquemas, planificaciones trimestrales, mapas mentales o presentaciones de PowerPoint. Muchos años después, creo que los entiendo. El desdén por esas clases tiene mucho sentido. No se le puede dar importancia a ningún tipo de contenido cuando lo único que está en juego es la supervivencia. Nuestro presente, entre otras cosas, ha vulgarizado el concepto de felicidad. Hoy día, la alegría de los hombres y mujeres de Venezuela pasa, simplemente, por saber si nuestros padres, nuestros hermanos o nuestros hijos, regresarán a casa. Para nosotros, cada despertar se ha convertido en un privilegio. Bajo este criterio, aquello que las escuelas entienden por educación, a todas luces sobra.

Siempre, quizás por esnobismo, ejercí una retórica ridícula a la hora de confrontar a mis estudiantes. Aquel estilo polite, sin embargo, era eficiente, marcaba las distancias necesarias. Me gustaba arengarlos con el prefijo jóvenes. A las niñas, las llamaba señoritas y a los muchachos, caballeros. Ellos respetaban la jerga, disfrutaban del anacronismo. La amargura de esta madrugada me invita a improvisar una lección que nunca que di, a regresar al viejo salón, a llenarme las manos de tiza, a dictar una última clase.

¡Jóvenes! En la clase de hoy, en lugar de revisar las inútiles reformas de Eleazar López Contreras, sobrevaloradas e improvisadas en su mayoría, centraré la discusión en lo único que importa: en el aturdimiento, en la indignación, en la rabia domesticada, en la sensibilidad perdida, en los funerales de la patria, en el desahucio, en el fracaso escolar, en la inutilidad que, para muchos de ustedes, supone estar aquí. Los invito a que expresen libremente su vergüenza, su frustración por haber nacido en este lugar y en este tiempo; a que reflexionen sobre la veracidad de los mitos que muchos de nosotros (los docentes) les hemos contado. Sin mala fe (por ingenuidad), dijimos algunas mentiras. No sean tan severos al juzgarnos. Todos aquellos que tuvimos el infortunio de nacer en este país entre 1970 y 1985, arrastramos muchas taras en nuestro imaginario. Somos responsables de haber heredado la memoria acrítica de la Gran Venezuela, la fantasía de una democracia perfecta, el fetiche del petróleo, los contenidos erráticos de una eticidad enferma. En la actualidad, quizás solo nuestros abuelos puedan ser capaces de afirmar con orgullo que esta pensión de Babel alguna vez fue digna. Entiendo, sin embargo, que si utilizamos la referencia del presente, la dignidad aparece como una palabra hueca.

Jóvenes, esta es la verdad, la única verdad: Venezuela no existe. Como nación no somos nada. Lo único que queda, de manera dispersa, es la voluntad del individuo. Si alguno de ustedes considera que exagero, si estas palabras logran incomodarlos, si alguno se ofende, entonces existe la posibilidad de una esperanza. Esa esperanza, sin embargo, exige sacrificios. Comparto con ustedes una discreta estrategia: a este país hay que hacerlo de nuevo. Apelen a la ambición y a lo imposible, trasciendan el equívoco lenguaje de la mediocridad política. No se trata de reformar una ley o de adaptarla a las modas sociológicas del mundo contemporáneo. Se trata de volver a fundar las instituciones, de devolver a palabras como “bienestar” y “justicia” su dignidad originaria. La vieja Venezuela, la que desaparecerá con el ocaso de la quinta república, debe ser un capítulo apócrifo en la Historia Universal de la Infamia. Tengan en cuenta que el presente también ha vulgarizado el significado de los símbolos. Nuestra bandera, por ejemplo, rodeada de moscas y manchada de sangre, solo puede alentar dos sentimientos honestos: el asco y la vergüenza. Tarea para mañana: ¡Límpienla! Cuando puedan, escuchen con paciencia el coro de nuestro himno. Rápidamente, se darán cuenta de que el viejo Vicente miente. Sabemos que, en nuestros días, la virtud y el honor son indiferentes a la ley, que en realidad no somos “bravos”, que los FALS, el gas lacrimógeno y las ballenas nos han hecho cobardes, que hace mucho tiempo dejamos de llamarnos pueblo. Solo somos hombres y mujeres asustados, envilecidos por el imaginario militar, por el discutible carisma de la guerra, acostumbrados al sadismo de dirigentes desalmados. En cualquier ciudad del país, en la urbanización, en la calle del centro o en el barrio, los venezolanos solo tenemos un atributo común: el miedo.

Ayer, una mayoría falsa dijo que no tenía interés en discutir políticamente reformas judiciales o sanciones en torno al asesinato de Karen Berendique, los inútiles votaron y dijeron que no. Y a esta desgracia todavía la llaman democracia. La democracia venezolana no existe, jóvenes, es una estafa. Si ese incomprendido y complejo sistema político resulta de su interés, los invito a revisar sus referentes genealógicos en la Grecia clásica, en la historia del mundo, en las revoluciones reales, en el origen de las naciones, no en este circo mediocre que solo se enorgullece en explotar el hambre de las bestias y la vulgaridad de los payasos.

Leo con curiosidad la noticia sobre un concurso público. Algunos venezolanos se preguntan qué hacer con el viejo aeropuerto de La Carlota. Actualmente, jóvenes, creo que solo hay una alternativa práctica para aprovechar esos espacios: construir un cementerio. Y si lo que quieren es tener trabajo, entonces estudien medicina forense. ¡Vamos! ¡A despertar! Solo podrán ser libres, verdaderamente libres, el día que se den cuenta de que en este lugar fueron rebasados todos los límites de la paciencia. Nos están matando a balazos y, a diferencia de los preceptos ilustrados del siglo XIX, nuestras primeras necesidades pasan por la supervivencia. Conviertan la indignación en consigna, en pulsión y apetito. ¿Qué dicen? ¿Es posible? ¿Se puede? Hoy, viendo el rostro de Karen Berendique en todos los pupitres (y, a través de ella, los rostros de todos los estudiantes asesinados en Venezuela en los últimos años), les prohíbo que pierdan la fe. Si quieren vivir, si quieren confrontar la ignorancia de los asesinos y la ferocidad de los mediocres, entonces, tienen la obligación de inventar un país. A su generación le corresponde el compromiso del despertar y la esperanza.

«Maldito seas tú y todos tus muertos», escuché hace unos días en el Metro. Una vieja gitana mendigaba, atravesaba el vagón y pedía, entre cantos de nanas, una barra de pan. Un adolescente trató de robarla. Ella lo tomó del brazo y lo insultó. La manera como pronunció la ofensa, pausada y con tonos de hechizo, me intimidó por completo. Supe que aquel muchacho estaba maldito para siempre. Lo que está pasando en Venezuela me ha hecho sacrificar todo aquello en lo que alguna vez creí: la idea de decencia, de buena fe, de tolerancia, de la más elemental humanidad… tantas cosas. A los asesinos de Karen Berendique les deseo, de corazón profundo, la maldición de la gitana. Entiendan, jóvenes, que ese deseo no está bien. No quiero que lo imiten. A lo mejor, quién sabe, proyecto la crisis de la edad a través de la abyección y la amargura. Ustedes, por favor, no hagan eso. No permitan que la realidad los destruya. No dejen que la gangrena les ensucie el pensamiento, la memoria o el corazón. Todavía tienen tiempo.

Es la hora. Vuelvan a la calle. Cuídense. Desconfíen de los extraños (unos extraños que, tristemente, siguiendo la lógica de la supervivencia, también desconfiarán de ustedes), eviten las tentaciones de la noche. A pesar de la habitual insolencia de Dios sigo confiando en su bondad. Si él es bueno, si está ahí, entonces le pido con humildad que los bendiga y los proteja. Si no está… que se joda, durante muchos años hemos aprendido a convivir con su ausencia.

No hay tiempo para preguntas. La puerta está abierta. Pueden salir.

E.

Con afecto genuino y mortificación de madrugada…

A DeAvis, Aguerrevere,Turo y Paradisi, entre otros(as).

A las dos Caros, Ploplo, Rolo, Ro, Fer, Fa, los dos Diegos, Luisfe, Víctor, la Maga, Lela, Rebo, Manu, los Porras, Boggs, Mariale, Marcos, Paolillo, Chiqui, Rojas, Dani, la Srta. Hoffman, Arturito, Belén, Cris, Guzmo, Beltrán, Santi, Fogo, Claudia, Cristóbal, Rebe, Carlitos Castillo…

A Tony, Boccitto y los demás de Ciencias…

A la Srta. Rivas, Dani, Amelia, Marín, Urdi, Bule, Cate, la Nana Brin, Luisa, Gil, Garlin, Nina, Luis Esteves (ese espejo cóncavo de mi juventud perdida), Gusy, Juampi, Arriaga, Nacho, los Gabrieles, Machado, el tocayo Castro…

Sé que se me olvidan algunos nombres, me disculpo…Todo es culpa de la madrugada y de la memoria infame. En cualquier caso, faltarán en las letras pero no en el lugar que importa. Los ausentes tienen el aval para insultarme.

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Sobre el soundtrack de “Liubliana” (Agradecimiento)

La única gente que me interesa es la que está loca, la que está loca por vivir, por hablar, ávida de todas las cosas a un tiempo, la gente que jamás bosteza”.

Jack Kerouac. En la carretera.

 

Kerouac tenía razón. El exceso de cordura, en ocasiones, aburre. Hace un año, aproximadamente, me encontré con un loco en la Plaza Altamira. Conversamos sobre música y literatura. El tropiezo nos permitió concebir la idea de una novela con soundtrack. Meses después, aquella idea irracional logró consolidarse. El día lunes diecinueve de marzo de 2012, Álvaro Paiva Bimbo, el loco de la plaza, grabó con un ensamble sin nombre los últimos temas de orquesta que conforman el Original Soundtrack de “Liubliana”.

Quizás, el lingüista Francisco Javier Pérez pueda tener alguna idea concreta sobre el origen de la expresión pelar bola. Amigos diletantes, borrachos, versados en sabiduría popular y Cortes de Milagros me han comentado sus hipótesis etimológicas: (I) Término deportivo ligado a la disciplina de las bolas criollas. Acción de fallar el boche, la bola pasa de largo ante el objetivo fijado por el lanzador y, por lo tanto, se pela. Imagen retórica del fracaso. (II) Referente de pobreza. Imagen patética de un indigente apenas vestido. El traje ajado deja al descubierto parte de los testículos cubiertos de mugre y rocío. No sé cuál sea la acepción correcta. Lo que sí sé es que, en Venezuela, si alguien sabe mejor que nadie el significado de este slang, ese es el artista.

Todos aquellos que nos empeñamos en sobrevivir en este oficio (sublime y, en ocasiones, cruel) sabemos que pelar bola también es un acto de fe. El soundtrack de “Liubliana” se gestó desde la mera voluntad, desde la falta de recursos materiales, desde la convicción de que, a pesar de contar con un presupuesto risible, podíamos aspirar a la invención de un mundo, a la compleja búsqueda de la belleza.

Quiero utilizar esta entrada del blog para expresar mi agradecimiento a todos los músicos que participaron en la jornada de grabación. Hacer esa convocatoria no fue nada fácil. Dos días antes de la pauta, para reforzar angustias e insomnios, leí con mortificación algunos tweets de Álvaro: que faltaban nueve músicos, que al fagotista le dieron unos coñazos y le robaron el instrumento, que no había director, que no había violas, que uno de los percusionistas había desaparecido. La sala estaba reservada, no habría prórroga. La imprenta, por su parte, exigía tiempos de entrega razonables para iniciar el proceso de compaginación y empaque. Llegó la mañana del lunes. Todavía faltaban tres músicos. El siglo XXI facilitó los trámites: las redes sociales activaron un eficiente efecto dominó. Y así, entre convicciones y estrés, entre amistades viejas y otros aparecidos, se logró reunir a un virtuoso equipo de profesionales de la música. A todos ellos, sin más que agregar: gracias. Para el hombre común la palabra gracias tiene un simpático efecto de cortesía y nobleza. Sé que para el artista, muchas veces, tiene un significado más amplio. Agradezco, igualmente, el apoyo de Beatriz Rozados en Ediciones B cuyo respaldo fue fundamental para llevar a buen término las ideas irracionales de este par de gestores de manicomio.

Skypeamos a las tres de mañana (mis tres de la mañana). Podemos descansar. Todo salió bien, dijo el músico. Cerré la conversación y, de manera intuitiva, caminé hasta la biblioteca. Tomé mi ejemplar de “En la carretera” de Kerouac y busqué el subrayado en las primeras páginas. Sabía perfectamente donde estaba la cita. Leí entre sonrisas: solo me interesa la gente que está loca. Antes de que me venciera el sueño busqué en las carpetas de la laptop un archivo en PDF. Tenía tiempo sin revisarlo, desde que se fue a la imprenta. ¡Cuánto dolor hay en “Liubliana”!, me dije. Escribí esta novela en medio de uno de mis más severos episodios de mortificación humana. El compromiso con la blasfemia, la decepción y la tristeza fue genuino, incisivo y cruel. El soundtrack original compuesto por Álvaro Paiva recoge parte de esa melancolía.

Comparto con los lectores (y los músicos) el primer parágrafo de “Liubliana”:

Al viejo barrio de Santa Mónica

 

Preludio

1

 

«¡El loco, el loco!», dijo una voz infantil. Los niñitos de la cuadra salieron corriendo. «¡Corre! ¡Corre que ahí viene el loco!», gritaron riéndose, escudándose detrás de sus madres asustadas. La escena se repetía todos los días, en horas de la mañana, cuando bajaba a comprar el periódico. Tardé en comprender. La locura es asintomática. Nunca me di cuenta. Tenía la convicción de que era una persona normal… Yo solo quería matar a Dios.

 DISPONIBLE EN LIBRERIAS: 25 de abril, aproximadamente. Caracas. (EdicionesB).

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Ejercicios de admiración:

En esta entrega: Yordano di Marzo.

Me gustan las canciones que celebran el malestar y la tristeza. El insomnio, enfermedad que me acompaña desde la niñez, ha convertido la rutina nocturna en un grato refugio de soledad y pesadumbre. Yordano (1984), la caja negra, aparece en mi memoria en un viejo casete Magnum de sesenta minutos. No soy aficionado al Yordano festivo, lo escucho por respeto y costumbre. “Otra cara bonita”, “Bailando tan cerca” o “Robando Azules” son canciones que, en las clases insoportables del bachillerato, solía adelantar en el walkman. Las canciones que más me gustan son aquellas que, a corazón abierto, formulan una especie de poética de la autopsia. Redescubrir esas canciones, escucharlas con atención, desgranarlas bajo la penitencia de la madrugada es un ejercicio que da sentido al desvelo.

Las baladas de Yordano (muchas de ellas) descubren a individuos derrotados, a personajes que no tienen reparos en reconocer sus flaquezas. Considero que una de las mejores canciones de Yordano di Marzo es “Y así te vas”, incluida en Lunas (1988). Me parece la más honesta, la más cruel, la más difícil de decir y componer. Cuando degusto esta maravilla suelo formular al iPod una pregunta de carácter formal. Es una pregunta bastante estúpida, quizás solo comprensible para aficionados a la disciplina yordanológica: ¿Por qué “Y así te vas” está en Lunas? Lunas, en su conjunto, es un disco alegre, festivo, celebratorio, romántico. “En un beso la vida” es un homenaje del artista al tango y el bolero, una adaptación de dolores ajenos, un sentimiento prestado. La felicidad que destilan “A la hora que sea”, “Queriendo” y “Locos de amor” contamina la atmósfera del disco. Sin embargo, en medio de la fiesta, de repente, Yordano expone la más mortificada de todas sus letras. La bandola cruel de Saúl Vera muestra el camino del Averno, el salto al vacío. “Y así te vas” no es un tema apto para temperamentos depresivos. La angustia taciturna que transmite esta melodía es de las más intensas en todo el repertorio del intérprete. En esta canción, el artista parece reconocer una derrota fulminante e incómoda. El poeta simula hablarle a un tercero pero claramente se intuye que se trata de un hombre que habla consigo mismo. Hay un verso que duele más que otros: no tienes nada/ y quieres darlo todo. E insiste: con un vaso por un lado/ un cigarrillo por el otro y en las manos un vacío que te que va dejando solo. Y no conforme, cierra la estrofa: sin aviso y sin retorno, se te va volviendo nada el corazón. Mezclar esta balada con licor es perjudicial para la salud física y mental de este humilde cronista. En el oficio de la literatura y la canción, el dolor suele ser un complemento natural de la belleza.

Hablar de Lunas exige hacer referencia a una de las más grandes maravillas de la canción latinoamericana, una pieza exquisita que ninguno de mis amigos intensos, musicólogos y clásicos, ha sido capaz de refutar: “Medialuna”… ¡Qué piano! ¡Qué musa, Maestro! Esta balada-jazz es una canción de culto, un argumento a favor de la excelencia.

Siempre he pensado que el fenómeno “Por estas calles” le hizo mucho daño a Yordano, en especial a su trabajo De sol a sol (1992). “Por estas calles” padeció una severa sobreexposición; la melodía fue malograda por el exceso. La redundancia vació de contenido la riqueza de la letra. El último año de la novela (me imagino que a solicitud del intérprete) RCTV dejó de usar la canción y utilizó para la presentación una versión instrumental. Este abuso del single hizo que, popularmente, de todo el conjunto de De sol a sol solo se promocionara en algunas emisoras de radio “Escándalo en tus mejillas”. Buenas canciones como “Quién será”, “Así será” y la melancólica “Cuentas”, pasaron desapercibidas para mucha gente.

El Yordano social, más allá de la innegable calidad de protesta de “Por estas calles”, se oculta en una de las canciones de mi antología personal: “Finales de siglo”, incluida en Finales de siglo (1990). No existe otra canción en la historia de la balada venezolana contemporánea que haga una descripción tan hermosa de Caracas. La referencia a la belleza no es irónica ni forzada. En “Finales de siglo” la ciudad se muestra tal cual es, sin edulcorantes, sin pajarillos, turpiales, ni araguaneyes de plástico. Es ahí donde reside la fortaleza lírica. En la canción hay olor a humo, aroma de gasoil, niños que persiguen a mendigos, mujeres que pelean en el mercado, caderas que parieron doce hijos a cariño, bocas rojas, uñas rotas, mal pintadas. Yordano compuso esta canción hace veinte años. Hay un verso (el último) que resulta muy adecuado para refutar la vulgaridad del presente. Es un verso que habla de los héroes reales, que se burla de los próceres falsos. Yordano hace referencia a las personas anónimas, esos héroes que se fueron, sin saberlo y sin medalla, a finales de siglo. El hombre solitario, además, en medio de la abyección urbana, reconoce la necesidad de compañía, del amor que aparece de repente. A pesar de Caracas, la gente todavía tiene tiempo para enamorarse, pareciera decir.

El iPod se burla cuando exploro las desventuras de Yordano con las mujeres. En este contexto, es necesario hablar de “A flor de piel”. “A flor de piel” es mi “New York, New York”, mi “Simpatía por el diablo”, mi “Volver”, mi más discreto “Adagio”. Vencido por la angustia, el poeta afirma: Entro en un bar, me quiero aturdir. A primera vista, parece un verso simple e indoloro pero todos aquellos que, alguna vez, hemos sido expuestos a la feracidad de la tristeza descubrimos en esas palabras el instinto melancólico de la autodestrucción, la tentación del alcoholismo. La honestidad del doliente enriquece el vacío de la balada: te extraño en cada mentira que digo, le dice a la barra solitaria. ¡Yordano, por Dios! ¡Qué despiadado! Celebro la traición de esa musa fatale que puso a prueba la creatividad de tu nostalgia.

El repertorio romántico es inmenso, cada texto amerita un anteproyecto de tesis: “No queda nada”, “Otra madrugada” (Volver es imposible, lo sé), “No voy a mover un dedo”, “Lejos”, “Con ella no hay salida fácil”, “Aquel lugar secreto”, “Muñeca de lujo”. No diré mucho sobre “Días de junio” ni “Perla negra”. Estas son canciones que, junto con algunos temas de Franco de Vita, Ilan Chester, Frank Quintero y Elisa Rego, entre otros, conforman parte esencial de nuestro más auténtico imaginario y acervo. “Perla Negra” es una tragedia en tres actos, la lágrima de rímel parece tomada de un cuento de Guillermo Meneses. “Días de junio” es un elogio a la sonrisa. Mi pesimismo nato es derrotado desde el primer verso, con la brisa de la tarde y la belleza propia del más hermoso de todos los cortejos en la historia universal de la balada.

Finalmente, para despedir este grato ejercicio de admiración expondré breves consideraciones sobre Sabor de Cayena (1994). Siempre me he preguntado por qué razón en sus últimos conciertos (en los últimos conciertos anteriores a 2007) Yordano nunca interpretó “Besos en la lluvia”. “Besos en la lluvia” coincide en mi memoria con los últimos años del bachillerato. En esa letra aparecen novias viejas, olvidadas en su mayoría o transformadas en amigas entrañables, recuerdos pasados por agua y sacarina. Sabor de Cayena incluye otra canción de cabecera: “La quiero más”. Sencilla, romántica, laudatoria, apocalíptica. El cameo coral de Julio Jaramillo, poeta que escribió con tinta-sangre del corazón, suele ser el bis de mis insomnios.

Me resulta difícil concebir mi historia personal sin las canciones de Yordano di Marzo. Escuchar a Yordano es como ver una película de Billy Wilder. A través de esas canciones procuro encontrar teorías verosímiles que expliquen el doble discurso del corazón humano. Nunca me convenció el coro introductorio de “Algo bueno tiene que pasar”, el La-la-la inicial me disgusta desde la infancia. El ceño fruncido, sin embargo, es derrotado por la magia del primer verso: Todavía me asombra un rayo de sol. No hay pesimismo ni cinismo que sobreviva a este canto de fe. No conozco personalmente a Yordano di Marzo pero sé que “Algo bueno…” le gusta mucho, se nota por la manera cómo la interpreta, por la emoción que le imprime a cada palabra, por el orgullo tácito, por elegirla para cerrar los conciertos. “Algo bueno vamos a lograr”, recitó la última vez que lo escuché en vivo. Cuesta creer que el mismo solitario herido en la barra de “A flor de piel”, aquel que vomitó la noche en “Manantial de corazón” e hizo de la orilla de la playa un lugar de peregrinación para los tristes, sea al mismo tiempo un ferviente paladín de la esperanza, un entusiasta explorador de la brisa.

E.

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En el país de la soledad y la tristeza

Impresiones aleatorias sobre las últimas balas.

Hace tiempo que todo terminó. En Venezuela, la vida cotidiana es un ejercicio de espera y resistencia en el que cualquier día puede ser el último día. Solo las balas tienen la palabra. El insomnio sugiere incómodas preguntas: «¿Y si, en realidad, estamos podridos? ¿Y si los asesinos tienen la razón? ¿Y si Dios nos abandonó? ¿Y si, batidos por el plomo, estamos condenados a desaparecer? ¿Y si la idiosincrasia es esta rara mezcla de violencia, mediocridad, corazones enfermos, mala fe? ¿Será que, más allá de las ficciones democráticas (de nuestra mentalidad de sketch), nuestro patrimonio radica en la pobreza del espíritu? ¿Y si las balas duplican, triplican, cuatriplican el número de cabezas? ¿Y si los asesinos, los pederastas y las bestias, organizados en partidos, conforman una mayoría? ¿Y si el país se acabó? —insiste el insomnio—. ¿Y si no queda nada?». «Puede ser… Puede ser», responde el hastío, argumenta el techo.

No conozco a este muchacho Juancho, conocido popularmente como OneChot. Hasta el día de ayer, cuando Caracas se encaprichó con su nombre, no tenía referencias sobre su trabajo. El vendaval de información me hizo pasearme por las calles de Rotten Town. La tara baladológica me distancia del estilo. No es el tipo de música que suelo escuchar. La estupidez de la realidad alentó mi curiosidad. Intimidado por las ironías del mundo me dejé llevar por las imágenes de un río de sangre. La noticia sobre el crimen avivó mi indignación, mi malestar inefable. Lo más triste es saber que todos los días pasa lo mismo. Personas mayores, hombres, mujeres, jóvenes, niños. La ciudad es el horno crematorio de una raza maldita, regida por gendarmes indolentes. La geografía de Caracas tiene referentes atroces. Nuestros monumentos celebran sucesos ordinarios: porque en aquella esquina mataron a tu padre, porque en la plaza de enfrente masacraron a nuestro amigo; porque el otro día en la autopista, de noche, regresando del trabajo le dispararon al vecino, porque en aquel edificio, donde de niños nos juntábamos a redactar tareas y jugar caimaneras, violaron y mataron a la muchacha bonita, aquella a la que por timidez nunca nos atrevimos a saludar. A veces, apostando por un concepto ingenuo de humanidad, me pregunto si los asesinos ejercen el oficio del remordimiento, de la culpa, del qué bolas, del maldita sea, del por qué. Yo no sé ni creo en las razones que dan derecho a matar, decía el viejo José María Cano en una balada que se presta más a mi temperamento. Esta visión del mundo, quizás, hace tiempo que caducó.

El insomnio, herido por la lucidez, me dice que el destino de todos los hombres y mujeres de Caracas es el hacinamiento en las salas hediondas de Bellomonte. Y ya no sé qué creer ni qué pensar ni qué sentir ni a qué Dios rezar. Porque la sensación de soledad e indefensión solo permite reconocer una humillante derrota. No hay mucho que agregar. Día tras día, el Mal impone su criterio. Cuesta creer que, tras una década de desastre e indolencia, las encuestas sugieran que la competencia contra la casta de inútiles es reñida, que es necesario hacer malabares unitarios y campañas de conciencia para hacer entender las metáforas de este vulgar apocalipsis. El insomnio, con su burla habitual, pregunta: «¿Pero quiénes son los ciegos?». A lo mejor estos tipos tienen razón y la persistencia de los asesinatos es una forma de campaña, una manera de decir que Venezuela es un país de malandros, de enfermos, de criminales, de arribistas, de caníbales, de proxenetas, de vagos y coprófagos. A lo mejor, los otros, aquellos que por ingenuidad e inmadurez manejamos un criterio diferente de conciencia, no hemos tenido la fortaleza para confrontar lo evidente, para entender que lo que está pasando es una consecuencia natural del trágico culto a la miseria. Intimida pensar que, tras los carnavales de octubre, haya que volver a padecer el vacío y la desesperanza… El doloroso silencio tras las palabras trasnochadas de la gorda. Las recurrentes imágenes del balcón maldito.

Hoy juega la Vinotinto. Este tipo de evento hace saltar el remedo del orgullo, los vivas, los qué de pinga, los tweets patrioteros, la necedad de las banderas, nuestro falso concepto de honra. Mientras nuestro insólito y estúpido universo se ensalce en celebrar sus onanismos pensaré en este pana, Juancho, y en todas las personas caídas durante la guerra. Ejerceré mi derecho al malestar y al padecimiento de la humillación. «¡Qué carajo! —repite el insomnio—. Es así: estamos solos, abandonados por Dios, vencidos, masacrados, condenados a morir por un arma de fuego». Última cerveza. Música. Alguna balada vieja. ¡Salud por la soledad y la tristeza!

E.

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Mayo, 2012: LIUBLIANA (Incluye Original Soundtrack)

TRACKS:

1. El puente de los dragones (2:21)

2. Calles de Santa Mónica (3:05)

3. La Guaira era lejos (3:01)

4. Carla y Gabriel, tema de amor (4:54)

5. Canción de Alejandro (2:27)

6. Serenata (3:11)

7. Malpasse, tráfico humano (3:14)

8. La niña más hermosa del mundo -tema de Carla- (5:05)

9. Los años de la locura (4:00)

10. Réquiem por Mercedes Guerrero (3:45)

11. Balada para Mariana (2:33)

12. Regreso a Liubliana. Tema final (6:11)

Composición de todos los temas: Álvaro Paiva Bimbo.

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LIUBLIANA: SOUNDTRACK

(Historia de un proyecto literario-musical)

Por: Eduardo Sánchez Rugeles

Alrededor del mediodía del 15 de diciembre de 2010, en medio de un perceptible desgaste físico y nervioso, terminé de redactar el manuscrito de Liubliana. El tiempo que tardé en revisar el texto tuve la impresión de que la historia necesitaba una música incidental, una melodía que sirviera de fondo a la tragedia de Gabriel Guerrero. La idea, en principio, me pareció rebuscada y difícil. La posibilidad de escribir una novela con soundtrack, como tantas otras reflexiones inútiles, quedó apuntada en el cuaderno de las cosas imposibles.

La memoria de Álvaro Paiva se remonta a mis primeros años de escuela. En 1991 fuimos compañeros de tablas en el efímero y significativo grupo de teatro Huellas del colegio Agustiniano Cristo Rey. El siglo XXI, amparado en las redes sociales, ha erradicado el concepto del olvido; el ejercicio del recuerdo posee actualmente herramientas y respaldos que han motivado el autismo de la memoria. Décadas atrás, la distancia y el olvido eran categorías mucho más estrictas. Tras la deserción escolar y la inevitable dispersión, el nombre de aquel viejo amigo se asimiló a esas categorías inevitables. La persistente y prolija actividad cultural de Álvaro, sin embargo, me hicieron tener presente parte de su itinerario. La invención musical de Kapicúa, Cabijazz y los eventos de la Movida Acústica Urbana, entre otras iniciativas, me obligaban a leer en la prensa, con admiración y respeto, el nombre del amigo de infancia con el que, alguna vez, de la mano de un tipo llamado Cheo, formé parte del elenco del drama Godspell en un auditorio de colegio. Más tarde, Facebook posibilitó el reencuentro en su gélido formato de solicitud y subscripción. Habían pasado, aproximadamente, veinte años.

En mayo de 2011, durante los eventos de la Feria del Libro de Chacao, tras la presentación de mi novela Transilvania, unplugged tropecé con Álvaro Paiva en la Plaza Altamira. La conversación, en principio, fue cordial, referida exclusivamente a datos de actualización y contexto. En medio de la charla recordé un olvidado proyecto, lo llamé aparte y le dije: «Alvarito, tengo una novela inscrita en un concurso, está inédita. Si todo sale bien se publicaría en Caracas para el primer trimestre del año que viene. —La expresión del artista daba a entender que no tenía muy claro el sentido de mi comentario—. Sé que puede sonar raro pero… ¿Le echas bola a componer un soundtrack?». La sintonía fue inmediata. Álvaro leyó Liubliana en PDF. Imaginó la partitura. En cuestión de días, sin un cronograma definido, comenzamos a trabajar en la elaboración de una banda sonora-literaria.

El puente de los dragones apareció como melodía inicial, como pieza bisagra sobre la que se sostendría el argumento de esta rara adaptación musical o sinfonía novelada. El experimento de crear un soundtrack para novela nos permitió atravesar dimensiones inéditas del fenómeno estético, tanto musical como literario. Desde la selección de los temas hasta las jornadas de Skype en las que compartimos acordes, melodías en archivos MP3, conjeturas y refutaciones hasta las tramas burocráticas para lograr la inclusión del CD dentro de la edición para Venezuela de Ediciones B, disfrutamos enormemente del proyecto.

Confío en que el lector que transite por las páginas/calles de Santa Mónica y Liubliana tenga la curiosidad para recrear, de la mano de un músico reconocido e integral, el recorrido de Gabriel Guerrero a través de la locura, la pasión por la niña más hermosa del mundo, la orfandad, la desesperación y la muerte. 

  LIUBLIANA: SOUNDTRACK

(Historia de un proyecto musical-literario)

Por: Álvaro Paiva Bimbo

La amistad, los libros, la música. A los cinco años, y más o menos en ese orden, ya había descubierto las cosas que me harían más feliz en la vida (el fútbol entraría en la lista poco después).

Entre las cosas que ya no tengo tiempo de hacer (ni demasiado interés), está leer el periódico a primera hora de la mañana; afortunadamente mi mamá, que sí alcanza a revisarlos, me puso al tanto: un muchacho se ganó dos premios en un concurso de literatura. Al revisar la nota de El Nacional leí el nombre. Se trataba de Eduardo Sánchez Rugeles.

Por María José —su hermana y mi querida compañera de promoción— sabía que Eduardo se había graduado de Filosofía y de Letras, que se había obstinado un poco de todo, y que como muchos conocidos se había ido del país a hacer un postgrado, ¡pero lo que no sabía era que escribía y menos que lo hacía tan bien! Naturalmente me sentí orgulloso del reconocimiento a su trabajo: hace más de veinte años se abría un telón con Eduardo interpretando el papel de Santo Tomás de Aquino y yo el de Sócrates en un arriesgado y trabajado montaje colegial del musical Godspell, que incluía una banda de rock en vivo y mensajes algo diferentes a los habituales en nuestro colegio de agustinos recoletos.

Quedó claro que el espíritu transgresor de ambos seguía intacto cuando acepté la invitación de Eduardo para musicalizar su novela inédita. Acto seguido me devoré Blue Label/Etiqueta Azul, Transilvania Unplugged y Liubliana. En ellas sufrí, reí, odié, me enamoré, me excité, me indigné, lloré, etc… pero sobre todo quedé fascinado con el trazo certero de su lenguaje, en el que encuentro sublimados tonos a los que pocas veces aspiramos en nuestra estética: profundidad, desenfado, contemporaneidad, venezolanidad.

Es en estos rasgos sobre los que he basado la composición del soundtrack de Liubliana, una novela en la que, como en toda la obra de Eduardo, la música contada juega un rol fundamental, tanto que casi puede oírse. Los sonidos incluidos en este CD solo pretenden emocionar al lector —y al oyente curioso— tan intensamente como las páginas del libro me emocionaron a mí.

La amistad, los libros, la música. Sinceras gracias, Eduardo, por invitarme a participar en este proyecto en el que se suman las cosas que me hacen más feliz. Va por Cheo (Q. E.P. D.).

PRESENTACIÓN OFICIAL DE LA NOVELA: Mayo, 2012. Ediciones B, Venezuela.

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Saber citar a Goethe

En memoria de la profesora Ernestina Salcedo Pizani

La profesora tenía una costumbre rara: antes de comenzar la lectura del Quijote, pedía por favor que, al terminar la clase, alguien le diera la cola para su casa. Todos aquellos que, entonces, teníamos carro alguna vez la llevamos a su calle de Montalbán.

Mi promoción fue su última promoción. Las tardes de los miércoles, en las últimas horas, Ernestina Salcedo Pizani dictaba el curso Literatura Española II. La rampa y el pasillo eran un trámite difícil. Le costaba mucho caminar. El ritmo lento de los ascensores de la UCAB la obligaba a esperar con paciencia en el escándalo del tercer piso. La clase solía comenzar tarde, muy tarde. La deserción era habitual. Freddy Goncalves, nuestro delegado, era el encargado de ir a la dirección de la Escuela de Letras para buscarle una silla cómoda y acolchada. La utilería cotidiana de las aulas destrozaba su espalda. Ese año, el primer trimestre de Literatura Española lo dictó una profesora suplente. Ernestina se recuperaba de alguna enfermedad o intervención delicada. Se incorporó tarde, en el mes de enero. Desde la ventana, la vimos atravesar la carrera de obstáculos de la rampa. Entró al salón con paciencia. Pidió por favor, con voz pausada y respetuosa, que al terminar la clase alguien la llevara a su casa ya que no tenía medios para regresar. Luego, confrontando visibles dificultades motoras, logró sentarse. Recitó de memoria un poema de San Juan de la Cruz. Un vasto silencio se apoderó de la sala. El efecto místico fue genuino. Sus palabras activaron una honesta modalidad de conmoción y respeto.

Años más tarde supe que asimiló a disgusto su salida de la cátedra. Aunque las rodillas le impedían desplazarse con comodidad y las manías de siglos de enseñanza habían aletargado su discurso, ella tenía la convicción de su talento, de su compromiso con la educación y las letras. La juventud, en ocasiones, forma cataratas que impiden valorar ese tipo de esfuerzo. En los últimos años, era habitual escuchar en los pasillos el rumor sobre el visible deterioro de la profesora Ernestina; se decía que sus clases no eran las mismas, que ignoraba los contenidos del programa, que limitaba el plan escolar a monólogos redundantes sobre San Juan de la Cruz en detrimento de un pensum tan extenso como imposible, que su sistema de evaluación era impresionista y que, en lugar del saber, pretendía explotar en sus estudiantes inútiles aspiraciones líricas. Más allá de esos rumores, el desgaste real, el discurso de los ciclos y el incómodo sentido de lo inevitable hicieron que la profesora Ernestina Salcedo abandonara la universidad.

Ernestina Salcedo fue una de las mejores profesoras que tuve en mi largo periplo como estudiante, tanto en Venezuela como en el extranjero. Su pedagogía se fundaba en lo esencial, en una visión de la vida que, a pesar del envilecimiento del entorno y la creciente degradación de las acciones humanas, brindaba un nuevo sentido al significado del mundo. Siempre fue más allá de los programas, de los contenidos temáticos, los índices y las burocracias. Antes que instrumentalizar el concepto de enseñanza prefirió transmitir una pedagogía personal que sacudió a sucesivas generaciones de egresados en Letras y docentes del viejo Instituto Pedagógico. Se propuso enseñar a través de las letras una extinta, humilde y compleja noción de la naturaleza humana.

Siempre tuvo un claro sentido de la elegancia. Nunca se le vio despeinada o raída. Sus vestidos oscuros no mostraban arrugas ni manchas de tiempo. Todas las clases tenían dignidad de ceremonia… Alguna vez, ante la inminencia del calendario de evaluaciones, un compañero aburrido le preguntó por los contenidos del examen de Española. Ernestina, distraída en las angustias de Fray Luis de León, le respondió con una cita de Goethe. La cita, per se, puede parecer insignificante y retórica. El contenido trágico reposaba en la manera de decirla, en la pausa, en los acentos, en el cállate imbécil que nunca pronunció ni pensó pero que, sin duda, invitó a reflexionar a los necios: “Gris es toda teoría y solo es verde el árbol dorado de la vida”. Educar para ella, simplemente, era saber decir.

Comparto con sus familiares, amigos y estudiantes este legítimo sentimiento de gratitud y tristeza.

E.

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En torno a “Liubliana”

ACTA DE DELIBERACIÓN POR PARTE DEL JURADO DE NOVELA DEL PREMIO LETRAS DEL BICENTENARIO, SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ, 2011.

Reunidos en la Biblioteca Isidro Fabela del Centro Cultural Casa del Risco, en la Ciudad de México, Distrito Federal, el jurado de la categoría Novela determinó otorgar el primer lugar a la novela Liubliana bajo las condiciones que se detallan a continuación:

Liubliana, firmada con el pseudónimo Inmanuel, es una obra sobresaliente.  La novela posee una trama contrapunteada, con saltos en el tiempo que captan permanentemente el interés del lector y una acertada combinación de narración y de diálogos fluidos e impactantes. El autor maneja con gran profundidad el tema de la parte oscura del alma y aún el lado siniestro de la sociedad y de sus instituciones globalizadas, supuestamente benefactoras. Mantiene una densidad narrativa y una voz que seduce y vuelve al lector cómplice del protagonista. Esboza el ambiente sociopolítico actual con una mirada incisiva, más no ideologizada. Es en fin, la novela de un autor que ha iniciado una nueva forma de observar el mundo de hoy.

JURADOS:

Anamari Gomís, Mónica Lavín y David Martín del Campo.

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ESTRENO EN VENEZUELA: Marzo, 2012.

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