La ciudad del vacío

A Ivanna, Pita, Lela, Ro, Fa, Johann y los otros.

“La Copa América sacó lo peor de la venezolanidad”, me dijo recientemente un amigo desterrado. El comentario del apátrida no se refería al nivel competitivo del equipo, su ironía se enfocaba en la vulgaridad de la afición, en la pobreza del lenguaje laudatorio, en el hecho trágico de una sociedad que nunca aprendió a perder y que tampoco sabe ganar. Ecuatorianos, chilenos, paraguayos y peruanos fueron las víctimas de nuestro más valioso patrimonio: el agravio. En aquel tiempo, las trincheras de Facebook y Twitter (la sensible mirada del anonimato) enunciaron una serie de insultos desproporcionados, racistas, incendiarios y prepotentes contra la idiosincrasia de los rivales. Todo, en teoría, con el fin último de celebrar nuestra idea retórica de patria.

Recordé la sentencia del exiliado tras la aparición y destrucción virtual del trabajo de mi exalumna (ad honorem) Ivanna Chávez Idrogo. Hace unos días, en horas de la mañana, la periodista de El Universal, Ana María Hernández, me envió el documento para pedir mi opinión. No sabía, entonces, que se había desencadenado la vorágine. Solo vi un par de minutos. Pensé que se trataba de un cortico cualquiera, de un trabajo experimental sobre cualquier asunto. Distintos compromisos, y el autismo del router, no me permitieron verlo completo. Di una respuesta amable a Ana María y tomé la decisión de verlo más tarde.

En cuestión de minutos, apareció la burla. Cuando tuve la oportunidad de volver a revisar Internet encontré la esencia de esa cosa amorfa, balcánica y gastada que, con paradójico orgullo, todavía se llama Venezuela. La despiadada recepción del trabajo de Ivanna Chávez Idrogo y Javier Pita es un elogio a la intolerancia, un ejercicio de estupidez humana que ilustra a la perfección el conjunto de nuestros más grandes complejos y carencias. De alguna forma, el discurso político triunfó: aprendimos el odio. Actualmente, nuestra cobardía, censurada por la vigilancia militar, el Seniat, Cadivi y la delincuencia común (entre otros), solo puede apelar al recurso del insulto ESCRITO EN MAYÚSCULAS. En lugar de condenar con el mismo ímpetu la triste cultura del asesinato cotidiano, el testimonio inaceptable de un magistrado de la Corte de la Vergüenza o la inoperancia de las instituciones, empeñamos nuestra vocación destructiva, nuestro corazón nazi, en humillar a un grupo de carajitos que, simplemente, expresaron una opinión sobre un tema que los afecta.

Ivanna Chávez Idrogo, Pita, Lela, Johan, Ro, Fa y sus panas no son los responsables de la pobreza de nuestro vocabulario. Los argumentos que sustentan el fracaso escolar en Venezuela son anteriores a la aparición de “Caracas, ciudad de despedidas”. Disfrazamos nuestra ignorancia con la invención de mitos, de referentes que aglutinan el odio bajo la fórmula del chiste. Aparece, por ejemplo (caso patético), el nombre de Alicia Machado. El comentario desafortunado de esta mujer la convirtió en el reducto de una de nuestras mayores taras sociales: la ignorancia. Los guerreros, entonces, armados de mayúsculas sostenidas, ofensas mal escritas, anécdotas ingeniosas e insultos (tristemente) divertidos, destruyeron a la víctima. Porque, curiosamente, en este país de ciudadanos soberbios todos somos licenciados en Geografía, especialistas en Historia Moderna, Letrados, Críticos Culturales, Analistas Deportivos, Politólogos. Aquí, todos lo sabemos todo y, además, tenemos algo que decir sobre todo. En nuestra ceguera (en nuestro narcisismo) confundimos la opinión con la verdad y asumimos esa verdad individual como la única posible. El fracaso de la democracia en este país se funda en la incapacidad de los hombres y mujeres de Venezuela para respetar las perspectivas ajenas; para valorar la inevitable condición del defecto, los vicios, la torpeza y el error como cualidades humanas. El autoritarismo del agravio prela el desarrollo social; la pulsión irreversible de mentarle la madre a todo aquel que no sea como nosotros es uno de los más sólidos argumentos de nuestra falsa épica, de nuestra tragicomedia.

En estos días inciertos, el odio nacional (disciplina olímpica en la que ostentamos uno de los equipos más competitivos) se ceba contra unos chamos que, simplemente, hicieron un trabajo con más o menos defectos, con más o menos estupidez (legitimada por la juventud) y con más o menos talento. (Milagros Socorro hace una lectura interesante sobre las cualidades del documento).

Sé que los muchachos han recibido insultos directos y amenazas contra su integridad física. Sus familias han sido receptoras de un cúmulo inaceptable de groserías. Este testimonio pretende expresar mi solidaridad con Ivanna Chávez Idrogo, Javier Pita, la loca Lela, Johann, Fabiana Briceño y el equipo de chamos que participaron en la muestra. En especial, ofrezco estas palabras a mi amigo Rodrigo Michelangeli y a sus familiares.

Me iría demasiado, je, je. La frase, per se, tiene sonoridad. Un publicista, un redactor de singles, la adoptaría de manera gustosa para promocionar alguna marca. Me fui de Venezuela hace más de cuatro años. Las mejores personas que conozco, por las que siento mayor admiración y respeto, las conocí en este país. Igualmente, por estas calles (como diría el poeta Di Marzo), he tropezado con las peores pasiones y bajezas del espíritu humano. Aquí he conocido seres envilecidos y podridos, vencidos, resignados, soberbios narcisos que buscan su reflejo en las aguas del Guaire (Lautaro Sanz, dixit).

¿Somos un país?, suelo preguntarme en las noches melancólicas del insomnio. El actor Héctor Mayerston, en algún parlamento de Disparen a matar, responde desde la memoria: “Esta mierda no es un país, solo somos un estacionamiento lleno de gente”.

E.

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Ejercicios de admiración:

En esta entrega: Sabrina Gómez, Kiara

Hace unas semanas, cuando decidí seguir la cuenta de Twitter de Sabrina Gómez, recordé la mañana en la que mi mamá me llevó a la tienda Sarela del Centro Comercial Concresa a comprar el perfume Deskaro. La contundencia del recuerdo no permitió autoengaños. La evidencia era irrefutable: acababa de cumplir 12 años y estaba profundamente enamorado de Kiara. Alguna vez, mientras esperaba su aparición en Sábado Sensacional, mi hermana me contó que el objeto de mi afecto, en realidad, se llamaba Sabrina Gómez y que era de profesión abogado. “Pasaron los años. Nació gente, murió gente… Nuevos años pasaron”, dice Eça de Queirós al final de “Los Maia”. Algo así ocurrió en la historia de aquel romance contemplativo. El tropiezo en Twitter, sin embargo, le dio una patada a la memoria. La medianoche prefiguró el insomnio. El techo, pedante como siempre, tomó partido a favor del desvelo. Una idea, entonces, confrontó los motores del aburrimiento. Conecté el disco duro externo a la laptop y exploré una vieja carpeta. Sabía que la encontraría. Transferí todo al iPod. Busqué un vaso corto, hielo, ron, un toque de agua. Música > Artistas > Kiara.

“Es el amor” fue el primer ejercicio, los perfiles pixelados de Catherine Fulop y Fernando Carrillo, como animación de PowerPoint, aparecieron en los bordes del recuerdo. Aquel era el preludio de la telenovela Pasionaria. El sintetizador (esencial en la propuesta estética de Pablo Manavello) mostró los primeros acordes. Y, después de muchos años, volví a escucharla: “Tu boca arrastra mi boca/ los besos ruedan sin parar…”. Levanté el vaso al aire y brindé a la salud de la memoria. ¡Grande, Sabrina! Esta canción arrastra vicios inevitables en gran parte de la creación baladológica ochentera: hay un abuso del arreglo electrónico. Todos los instrumentos pasan por el filtro disonante del teclado. Kiara, sin embargo, elude los defectos de fondo con uno de los principales atributos a los que puede aspirar un artista: el estilo. El principio de la causalidad me obligó a saltar a otra pieza importante: “Con mi cara tan lavada”, primer sencillo promocional de Buscando Pelea (1990). Una vez más, el sintetizador confronta mi sensibilidad aséptica. “Con mi cara…” nunca fue una canción por la que sintiera preferencia. Siempre tuve la impresión de que, con este tema, Felix Madrigal y Pablo Manavello, quisieron imitar el efecto erótico/trágico que Rudy LaScala había conseguido con “Qué bello” pero el resultado, sin ser deficiente, muestra a primera vista su calidad de copia. (Imitar a Rudy, ese incomprendido, vilipendiado y originalísimo bardo, no es cosa fácil). De Buscando Pelea, la canción que más me gustaba era “De nuevo estoy temblando”. Tenía un siglo sin escucharla; balada a la italiana (de la escuela de Lucio Dalla), original de M.Marinangeli, versionada por Madrigal y Manavello. El recital continuó con el tema más importante de Buscando Pelea: “Quiero un ángel”, adaptación de Felix Madrigal, inscrita también en el modelo clásico de la balada italiana. En Venezuela, esta canción representó una denuncia pionera sobre casos de violencia de género. “Quiero un ángel”, curiosamente (incluso hoy día), puede ser interpretada como una balada de protesta. Venevisión, durante un par de años, transmitió los días viernes un programa llamado Romance Musical en el que se contaban algunas historias inspiradas en el cancionero de moda. Si la memoria no me traiciona, creo recordar que Mariano Álvarez participó en la versión dramática de “Quiero un ángel” (No sé si era el ángel o el demonio). La denuncia y el miedo se citan desde el primer verso: “Yo vivo en la desgracia / que él siempre me entregó“. El poeta, a través de la voz de Sabrina, hace alusión a la vigilancia opresiva, el rigor de los celos, la imposibilidad de la paciencia, el temor por la soledad y la incontrolable violencia del amante. “Vivía en el infierno / me secuestraba el sueño”, dice con pesar el hermoso timbre de mi Lupe ochentera. El efecto del licor, pasado por los excesos de Buscando Pelea, me incitó a dar un paso trágico, un salto al vacío, un golpe bajo a la memoria: el primer disco de Sabrina.

Kiara (1988) incluye uno de los más preciados logros de la balada venezolana finisecular: “Después de ti, composición original de Frank Quintero. Esta pieza, según mi discreto criterio melómano, es una de las mejores canciones de Sabrina. Usando a conciencia los matices graves de su voz, describe la fugacidad de la belleza, la melancolía resignada, la felicidad condicionada por el amor ausente. “Deskarado, por su parte, fue una canción esencial en la consolidación de la ochentería. Con ella, Pablo Manavello definió el estilo de la artista. La figura de Kiara se construyó alrededor de la imagen de femme fatale que esta canción dignifica y celebra. “Deskarado fue algo más que una marca. Con este tema, Sabrina propuso un nuevo concepto de feminidad en el contexto patriarcal y machista del cancionero venezolano. Hasta entonces, en la balada clásica, la mujer solía tener un rol meramente romántico, contemplativo y pasivo. La madrugada, prendada de Kiara, continuó con “A más de uno”, “Tú, me faltas tú” y “Alas de libertad” (joya original de Frank Quintero y Guillermo Carrasco). A conciencia, eludí la tercera del Lado A. Sé perfectamente que el iPod carece de agujas, palancas y revoluciones pero en ese momento, sosteniendo entre mis manos una carátula imaginaria, no pude evitar la sensación de deja vú. Al final, decidí confrontarla: Play. ¡Qué bolas este tema!, me dije. Y Kiara, por su parte, tras una breve cortina de guitarra: “Por qué me miras así / mientras me visto sin ti / recuerda bien este cuerpo que fue tuyo a placer para amar y olvidar”. ¡Su madre! Esa voz, herida y quebrada, sirve de preludio a una de las más importantes baladas eróticas de la historia contemporánea: “Qué bello”. Con estas canciones, Kiara desarrolló un contenido hardcore que para la época, sin duda, representó una flagrante transgresión. “Qué bello”, además, tiene un complemento necesario, un lado B, una continuación, un dueto con Guillermo Dávila que sirvió de banda sonora a la telenovela La Revancha. Me refiero al clásico “Tesoro mío”, composición original del crack baladológico Rudy LaScala.

Años más tarde (tragos más tarde) apareció Como un huracán (1992). Entre todo el conjunto de la obra de Sabrina, este trabajo, a mi juicio, es el que más adolece del exceso electrónico. Aunque se publica en 1992, el disco en su totalidad es muy ochentero. Las percusiones falsas, el exceso de bajos, el sintetizador omnipresente y el abuso de los coros le resta fuerza a interpretaciones de calidad. En esta oportunidad, también de la mano de Frank Quintero, Sabrina hace otro gran aporte al compendio de la balada erótica: “Baila conmigo”, clase magistral del curso académico Baladología II. Como un huracán, por otro lado, incluye una de las canciones más crueles en la historia de la composición romántica. Nunca, en mis rigurosos estudios baladológicos, he tropezado con una letra más despiadada que la de “No me importa nada” (P.Varona/ M. Rodríguez/ G. Varona). Si alguien quiere hacerle daño emocional a otro ser humano, solo debe obsequiarle los versos de esta canción. El timbre de Kiara, además, hace que la letra sea mucho más hiriente. Pero el gran éxito comercial de Como un huracán fue “Libérame”. Kiara, en este contexto, tras gestionar la creatividad lírica de talentos como Rudy LaScala, Pablo Manavello, Felix Madrigal y Frank Quintero en sus primeros trabajos, en esta nueva oportunidad, se asoció a uno de los más grandes realizadores de la canción contemporánea: Franco de Vita. Y, es curioso, Franco escribió “Libérame” utilizando los mismos arreglos que, un año más tarde, desarrollaría en su trabajo Voces a mi alrededor (1993). Sugiero a baladólogos ociosos hacer el ejercicio: escuchen algún tema de Voces y luego salten a “Libérame”. Los arreglos son idénticos. Se percibe, a primera vista, que a estas canciones las sostiene el mismo aliento creativo.

Luna de plata (1995) lo compré en CD, fue mi primer CD de Sabrina, todos los demás los tenía en acetato. “Nadie como tú” y “Hey hey” fueron los primeros sencillos, los que ella solía interpretar en Sábado Sensacional. Mi debilidad, sin embargo, siempre se centró en la canción que da título al disco. “Luna de Plata”, adaptación de Carlos Montoro, forma parte esencial de mi antología privada de la balada/pop noventera. Tengo la impresión, no lo sé, de que Luna de plata es el trabajo de Kiara menos condicionado por el contexto. Los arreglos acústicos, por primera vez, están por encima del sintetizador y el teclado. El paradigma musical ochentero, poco a poco, desaparece.

Corazón de contrabando (1997) coincidió con un período desafortunado para muchos artistas venezolanos. Quizás, solo Franco de Vita y Ricardo Montaner lograron mantenerse a flote ante el avance de la abulia, las tendencias en boga y las nuevas generaciones que, por distintas razones, perdieron interés por el pasado reciente. La radio, intempestivamente, dejó de favorecer a los intérpretes locales. Con el paso del tiempo, Kiara desapareció del dial. En esos días inciertos, fiel a mi espíritu baladológico, a pesar de la burla de los panas, me compré mi “Corazón de Contrabando” en el Recordland del Concresa. En ese CD, Kiara interpreta una canción original de Joaquín Sabina. Lo hace, además, diez años antes de que el propio Joaquín la grabara en Alivio de luto. Me refiero, justamente, a la canción que da título al disco. Lúcida en sus selecciones, interpretó un tema del para entonces extraño (por no decir inédito en América Latina) Pedro Guerra: “Cada dos días”. Dicen que soy una mujer original aunque lo intento cada día, recuerdan las cornetas. Al escucharla, tuve la impresión de que, alguna vez, en un programa malo de Televén, vi el videoclip dirigido por uno de los integrantes de la mítica Zapato3. El recuerdo, sin embargo, es muy inestable. Tras “Cada dos días”, se terminó la botella.

En combate singular con el techo formulé inútiles reflexiones sobre el abandono de las aficiones de juventud y los prejuicios venezolanos en torno al patrimonio. Muchos amigos músicos, letrados, intelectuales e insolentes acostumbran condenar con rigor mi debilidad por el género de la balada, en particular, por la balada latinoamericana ochentera y noventosa. En el caso de los artistas locales ese rigor suele ser mucho más implacable. El argumento con el que acostumbran desmontar el trabajo de estos intérpretes es el de una supuesta condición irrefutable de producto. Dicen que Sonorodven, entre otras industrias, apelando a la lógica del mercado, se propuso la invención de artistas de ficción como Karina, Guillermo Dávila o Kiara, que aquellas baladas no fueron más que una estrategia comercial cuya única pretensión era distraer la imaginación domesticada de una sociedad ingenua y críticamente pasiva. La verdad, creo que no me interesaría saber si Rudy LaScala o Pablo Manavello, reunidos con algún gerente de medios, hayan confeccionado la invención de Sabrina Gómez. No sé si Kiara fue un nombre ficticio que se elaboró en una oficina y que, tras una sesión de casting, se le adjudicó a la intérprete que más se parecía al modelo descrito en un cuaderno. Hoy día, repasando estas canciones, solo puedo decir que el trabajo de esas personas está ahí y que, guste o disguste, forma parte esencial de una tradición cultural que no ha sido inventariada ni estudiada con la atención y el respeto que merece. En el caso de Sabrina, el estilo es auténtico. La voz se defiende por sí sola. Esta mujer, además, fue capaz de convertir un verso sencillo como Y yo que te deseo a morir en una fórmula mágica que Georges Bataille, sin duda, hubiera querido incorporar como bibliografía a su clásico ensayo sobre el erotismo.

El amanecer hizo guiños tras la ventana sucia. ¿Dormir? preguntó el techo. Fuck, un nuevo día. Como dice Bukowski en uno de sus diarios: ¡Dios mío!, ¿Y ahora qué? El recuerdo de Sabrina, el tropiezo en Twitter ameritaba un bis. Giré la rueda del iPod. Mastiqué el último trozo de hielo. Retrocedí hasta la G. Artistas> Guaco (Featuring Kiara)> Triceratops>”Siempre juntos”. Play. ¡Qué grande Sabrina!

E.

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Los “peomas” de Blue Label/Etiqueta Azul


Cuenta Eugenia Blanc en sus cuadernos que, el día que visitó por primera vez la casa de Titina Barca, se encontró con un curioso recital de peomas (BL/EA:31, Libros de El Nacional, 2010). Muchos de esos trabajos, por cuestiones de espacio, fueron suprimidos de la novela. Actualmente, los peomas de José Miguel, Titina, Nairobi, Mel y Pelolindo permanecen dispersos en servilletas, facturas de Subway y olvidados cuadernos de colegio.

Sé de buena fuente que la noche de la fiesta, mientras Eugenia padecía su fascinación por Luis Tévez, su amigo José Miguel estaba muy nervioso. El Gordo se debatía entre la lectura de dos peomas: “El Romance en McDonald’s” o el “Canto al onanismo”. El Gordo decidió sacrificar la lectura del Romance; pensó que aquellos versos podían delatarlo, que Titina, su habitual compañera de almuerzos, podría llegar a incomodarse. Esa noche, tal como relata Eugenia, José Miguel prefirió leer el “Canto al onanismo”.

Mel Camacho, por su parte, improvisó un peoma dedicado a una novia sifrina que al parecer, por lo que cuenta Vadier Hernández en sus Memorias Bobas, pretende incluir en un próximo libro titulado Antología de las letrinas.

Comparto con los lectores de Blue Label/Etiqueta Azul estos dos peomas con los que tropecé en las páginas de una agenda vieja.

Saludos,

E.

 

 

ROMANCE EN McDONALD’S

 

A Titina

Ansío la fragancia de tu combo de pollo:

la lechuga vencida, el tomate de plástico, el pepinillo falso.

Como haragán en manos del empleado del mes,

tu recuerdo golpea mis rodillas:

Y perdido en la más inmensa soledad

(en el segundo piso del McDonald’s de Santa Fe),

añoro tu mayonesa de bolsita,

la Coca-Cola tibia de tus ojos,

el cupón de descuento de tu risa,

la cajita feliz de mi tristeza.

¡Tú!… Mi cuarto de libra, mi sundae sin maní.

Dibujo en servilletas, con la punta de un pitillo empapado en Nestea,

el sueño de morir

ahogado en tu piscina de pelotas.

Por José Miguel

 

 

SIN TÍTULO

 

A una novia sifrina

 

Me gustas porque eres sifrina, muy sifrina.

Amo tu ridiculez y tu esnobismo,

Adoro tu clasismo y tu racismo tácito.

Me enloquecen tus sostenes de marca,

velados por la transparencia de una blusa importada.

Recito en soledad la jerga de tus muletillas:

tus anyway, tus whatever, el canto sacro de tus loser.

Me gustas cuando dices que no soportas el olor del cambur.

Cuando, con cara de asco, le quitas el quemao a las arepas.

Cuando me pides que te bese con cuidado

porque la saliva te pica

y mi lengua te da cosita.

Por Mel Camacho

 

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La última clase

Consideraciones en torno a la educación en Venezuela y el vil asesinato de Karen Berendique.


«¡Qué desgracia tener que enseñar la historia de esta mierda!», escribí en la parte de atrás de un voucher. Transcurría, entonces, el año 2006 y era profesor de la cátedra Historia de Venezuela. La radio matutina contó las noticias de la Nueva Sodoma. Lo de siempre, ocurrió un asesinato atroz (hoy día olvidado, como tantos). La indignación me impedía levantarme. En una hora, aproximadamente, comenzaría mi clase en el colegio. En la mesa de noche encontré un voucher y un bolígrafo sin mucha tinta: «¡Qué desgracia…», escribí.

Con idéntico malestar al de aquella mañana he seguido las noticias en torno al asesinato de Karen Berendique. El testimonio que mi amigo Valmore Muñoz Arteaga expuso en su blog reforzó la indigestión. Valmore fue profesor de Karen en el Colegio Alemán de Maracaibo. La empatía natural del oficio desbarató mis nervios. Si la docencia se ejerce con vocación suficiente, asimilar el asesinato de un estudiante debe ser un golpe tan fuerte como aquellos que, con gran pesar, enumera el poeta Vallejo.

La madrugada madrileña, diluida en litros de Valeriana, me lleva de la mano hasta el colegio. Una vez más, la profesión me insulta y me reclama por los años de ausencia. Uno de los mayores problemas que percibí durante mi ejercicio de la docencia tenía que ver con el desencuentro generacional (la taxonomía del abismo). La distancia entre el universo de los chamos y la fábula pedagógica prevista por programas, reglamentos y ministerios altruistas tenía dimensiones abruptas. Como docentes, nos costaba mucho establecer diferencias prácticas entre formación e información; no sé por qué, vulgarmente, privilegiamos la segunda. Nunca asimilamos de buena manera el hecho de que a muchos de los estudiantes no les interesara lo que teníamos que decir. Tampoco nos dimos cuenta de que el mundo en el que ellos se desenvolvían no aparecía reflejado en nuestros esquemas, planificaciones trimestrales, mapas mentales o presentaciones de PowerPoint. Muchos años después, creo que los entiendo. El desdén por esas clases tiene mucho sentido. No se le puede dar importancia a ningún tipo de contenido cuando lo único que está en juego es la supervivencia. Nuestro presente, entre otras cosas, ha vulgarizado el concepto de felicidad. Hoy día, la alegría de los hombres y mujeres de Venezuela pasa, simplemente, por saber si nuestros padres, nuestros hermanos o nuestros hijos, regresarán a casa. Para nosotros, cada despertar se ha convertido en un privilegio. Bajo este criterio, aquello que las escuelas entienden por educación, a todas luces sobra.

Siempre, quizás por esnobismo, ejercí una retórica ridícula a la hora de confrontar a mis estudiantes. Aquel estilo polite, sin embargo, era eficiente, marcaba las distancias necesarias. Me gustaba arengarlos con el prefijo jóvenes. A las niñas, las llamaba señoritas y a los muchachos, caballeros. Ellos respetaban la jerga, disfrutaban del anacronismo. La amargura de esta madrugada me invita a improvisar una lección que nunca que di, a regresar al viejo salón, a llenarme las manos de tiza, a dictar una última clase.

¡Jóvenes! En la clase de hoy, en lugar de revisar las inútiles reformas de Eleazar López Contreras, sobrevaloradas e improvisadas en su mayoría, centraré la discusión en lo único que importa: en el aturdimiento, en la indignación, en la rabia domesticada, en la sensibilidad perdida, en los funerales de la patria, en el desahucio, en el fracaso escolar, en la inutilidad que, para muchos de ustedes, supone estar aquí. Los invito a que expresen libremente su vergüenza, su frustración por haber nacido en este lugar y en este tiempo; a que reflexionen sobre la veracidad de los mitos que muchos de nosotros (los docentes) les hemos contado. Sin mala fe (por ingenuidad), dijimos algunas mentiras. No sean tan severos al juzgarnos. Todos aquellos que tuvimos el infortunio de nacer en este país entre 1970 y 1985, arrastramos muchas taras en nuestro imaginario. Somos responsables de haber heredado la memoria acrítica de la Gran Venezuela, la fantasía de una democracia perfecta, el fetiche del petróleo, los contenidos erráticos de una eticidad enferma. En la actualidad, quizás solo nuestros abuelos puedan ser capaces de afirmar con orgullo que esta pensión de Babel alguna vez fue digna. Entiendo, sin embargo, que si utilizamos la referencia del presente, la dignidad aparece como una palabra hueca.

Jóvenes, esta es la verdad, la única verdad: Venezuela no existe. Como nación no somos nada. Lo único que queda, de manera dispersa, es la voluntad del individuo. Si alguno de ustedes considera que exagero, si estas palabras logran incomodarlos, si alguno se ofende, entonces existe la posibilidad de una esperanza. Esa esperanza, sin embargo, exige sacrificios. Comparto con ustedes una discreta estrategia: a este país hay que hacerlo de nuevo. Apelen a la ambición y a lo imposible, trasciendan el equívoco lenguaje de la mediocridad política. No se trata de reformar una ley o de adaptarla a las modas sociológicas del mundo contemporáneo. Se trata de volver a fundar las instituciones, de devolver a palabras como “bienestar” y “justicia” su dignidad originaria. La vieja Venezuela, la que desaparecerá con el ocaso de la quinta república, debe ser un capítulo apócrifo en la Historia Universal de la Infamia. Tengan en cuenta que el presente también ha vulgarizado el significado de los símbolos. Nuestra bandera, por ejemplo, rodeada de moscas y manchada de sangre, solo puede alentar dos sentimientos honestos: el asco y la vergüenza. Tarea para mañana: ¡Límpienla! Cuando puedan, escuchen con paciencia el coro de nuestro himno. Rápidamente, se darán cuenta de que el viejo Vicente miente. Sabemos que, en nuestros días, la virtud y el honor son indiferentes a la ley, que en realidad no somos “bravos”, que los FALS, el gas lacrimógeno y las ballenas nos han hecho cobardes, que hace mucho tiempo dejamos de llamarnos pueblo. Solo somos hombres y mujeres asustados, envilecidos por el imaginario militar, por el discutible carisma de la guerra, acostumbrados al sadismo de dirigentes desalmados. En cualquier ciudad del país, en la urbanización, en la calle del centro o en el barrio, los venezolanos solo tenemos un atributo común: el miedo.

Ayer, una mayoría falsa dijo que no tenía interés en discutir políticamente reformas judiciales o sanciones en torno al asesinato de Karen Berendique, los inútiles votaron y dijeron que no. Y a esta desgracia todavía la llaman democracia. La democracia venezolana no existe, jóvenes, es una estafa. Si ese incomprendido y complejo sistema político resulta de su interés, los invito a revisar sus referentes genealógicos en la Grecia clásica, en la historia del mundo, en las revoluciones reales, en el origen de las naciones, no en este circo mediocre que solo se enorgullece en explotar el hambre de las bestias y la vulgaridad de los payasos.

Leo con curiosidad la noticia sobre un concurso público. Algunos venezolanos se preguntan qué hacer con el viejo aeropuerto de La Carlota. Actualmente, jóvenes, creo que solo hay una alternativa práctica para aprovechar esos espacios: construir un cementerio. Y si lo que quieren es tener trabajo, entonces estudien medicina forense. ¡Vamos! ¡A despertar! Solo podrán ser libres, verdaderamente libres, el día que se den cuenta de que en este lugar fueron rebasados todos los límites de la paciencia. Nos están matando a balazos y, a diferencia de los preceptos ilustrados del siglo XIX, nuestras primeras necesidades pasan por la supervivencia. Conviertan la indignación en consigna, en pulsión y apetito. ¿Qué dicen? ¿Es posible? ¿Se puede? Hoy, viendo el rostro de Karen Berendique en todos los pupitres (y, a través de ella, los rostros de todos los estudiantes asesinados en Venezuela en los últimos años), les prohíbo que pierdan la fe. Si quieren vivir, si quieren confrontar la ignorancia de los asesinos y la ferocidad de los mediocres, entonces, tienen la obligación de inventar un país. A su generación le corresponde el compromiso del despertar y la esperanza.

«Maldito seas tú y todos tus muertos», escuché hace unos días en el Metro. Una vieja gitana mendigaba, atravesaba el vagón y pedía, entre cantos de nanas, una barra de pan. Un adolescente trató de robarla. Ella lo tomó del brazo y lo insultó. La manera como pronunció la ofensa, pausada y con tonos de hechizo, me intimidó por completo. Supe que aquel muchacho estaba maldito para siempre. Lo que está pasando en Venezuela me ha hecho sacrificar todo aquello en lo que alguna vez creí: la idea de decencia, de buena fe, de tolerancia, de la más elemental humanidad… tantas cosas. A los asesinos de Karen Berendique les deseo, de corazón profundo, la maldición de la gitana. Entiendan, jóvenes, que ese deseo no está bien. No quiero que lo imiten. A lo mejor, quién sabe, proyecto la crisis de la edad a través de la abyección y la amargura. Ustedes, por favor, no hagan eso. No permitan que la realidad los destruya. No dejen que la gangrena les ensucie el pensamiento, la memoria o el corazón. Todavía tienen tiempo.

Es la hora. Vuelvan a la calle. Cuídense. Desconfíen de los extraños (unos extraños que, tristemente, siguiendo la lógica de la supervivencia, también desconfiarán de ustedes), eviten las tentaciones de la noche. A pesar de la habitual insolencia de Dios sigo confiando en su bondad. Si él es bueno, si está ahí, entonces le pido con humildad que los bendiga y los proteja. Si no está… que se joda, durante muchos años hemos aprendido a convivir con su ausencia.

No hay tiempo para preguntas. La puerta está abierta. Pueden salir.

E.

Con afecto genuino y mortificación de madrugada…

A DeAvis, Aguerrevere,Turo y Paradisi, entre otros(as).

A las dos Caros, Ploplo, Rolo, Ro, Fer, Fa, los dos Diegos, Luisfe, Víctor, la Maga, Lela, Rebo, Manu, los Porras, Boggs, Mariale, Marcos, Paolillo, Chiqui, Rojas, Dani, la Srta. Hoffman, Arturito, Belén, Cris, Guzmo, Beltrán, Santi, Fogo, Claudia, Cristóbal, Rebe, Carlitos Castillo…

A Tony, Boccitto y los demás de Ciencias…

A la Srta. Rivas, Dani, Amelia, Marín, Urdi, Bule, Cate, la Nana Brin, Luisa, Gil, Garlin, Nina, Luis Esteves (ese espejo cóncavo de mi juventud perdida), Gusy, Juampi, Arriaga, Nacho, los Gabrieles, Machado, el tocayo Castro…

Sé que se me olvidan algunos nombres, me disculpo…Todo es culpa de la madrugada y de la memoria infame. En cualquier caso, faltarán en las letras pero no en el lugar que importa. Los ausentes tienen el aval para insultarme.

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Sobre el soundtrack de “Liubliana” (Agradecimiento)

La única gente que me interesa es la que está loca, la que está loca por vivir, por hablar, ávida de todas las cosas a un tiempo, la gente que jamás bosteza”.

Jack Kerouac. En la carretera.

 

Kerouac tenía razón. El exceso de cordura, en ocasiones, aburre. Hace un año, aproximadamente, me encontré con un loco en la Plaza Altamira. Conversamos sobre música y literatura. El tropiezo nos permitió concebir la idea de una novela con soundtrack. Meses después, aquella idea irracional logró consolidarse. El día lunes diecinueve de marzo de 2012, Álvaro Paiva Bimbo, el loco de la plaza, grabó con un ensamble sin nombre los últimos temas de orquesta que conforman el Original Soundtrack de “Liubliana”.

Quizás, el lingüista Francisco Javier Pérez pueda tener alguna idea concreta sobre el origen de la expresión pelar bola. Amigos diletantes, borrachos, versados en sabiduría popular y Cortes de Milagros me han comentado sus hipótesis etimológicas: (I) Término deportivo ligado a la disciplina de las bolas criollas. Acción de fallar el boche, la bola pasa de largo ante el objetivo fijado por el lanzador y, por lo tanto, se pela. Imagen retórica del fracaso. (II) Referente de pobreza. Imagen patética de un indigente apenas vestido. El traje ajado deja al descubierto parte de los testículos cubiertos de mugre y rocío. No sé cuál sea la acepción correcta. Lo que sí sé es que, en Venezuela, si alguien sabe mejor que nadie el significado de este slang, ese es el artista.

Todos aquellos que nos empeñamos en sobrevivir en este oficio (sublime y, en ocasiones, cruel) sabemos que pelar bola también es un acto de fe. El soundtrack de “Liubliana” se gestó desde la mera voluntad, desde la falta de recursos materiales, desde la convicción de que, a pesar de contar con un presupuesto risible, podíamos aspirar a la invención de un mundo, a la compleja búsqueda de la belleza.

Quiero utilizar esta entrada del blog para expresar mi agradecimiento a todos los músicos que participaron en la jornada de grabación. Hacer esa convocatoria no fue nada fácil. Dos días antes de la pauta, para reforzar angustias e insomnios, leí con mortificación algunos tweets de Álvaro: que faltaban nueve músicos, que al fagotista le dieron unos coñazos y le robaron el instrumento, que no había director, que no había violas, que uno de los percusionistas había desaparecido. La sala estaba reservada, no habría prórroga. La imprenta, por su parte, exigía tiempos de entrega razonables para iniciar el proceso de compaginación y empaque. Llegó la mañana del lunes. Todavía faltaban tres músicos. El siglo XXI facilitó los trámites: las redes sociales activaron un eficiente efecto dominó. Y así, entre convicciones y estrés, entre amistades viejas y otros aparecidos, se logró reunir a un virtuoso equipo de profesionales de la música. A todos ellos, sin más que agregar: gracias. Para el hombre común la palabra gracias tiene un simpático efecto de cortesía y nobleza. Sé que para el artista, muchas veces, tiene un significado más amplio. Agradezco, igualmente, el apoyo de Beatriz Rozados en Ediciones B cuyo respaldo fue fundamental para llevar a buen término las ideas irracionales de este par de gestores de manicomio.

Skypeamos a las tres de mañana (mis tres de la mañana). Podemos descansar. Todo salió bien, dijo el músico. Cerré la conversación y, de manera intuitiva, caminé hasta la biblioteca. Tomé mi ejemplar de “En la carretera” de Kerouac y busqué el subrayado en las primeras páginas. Sabía perfectamente donde estaba la cita. Leí entre sonrisas: solo me interesa la gente que está loca. Antes de que me venciera el sueño busqué en las carpetas de la laptop un archivo en PDF. Tenía tiempo sin revisarlo, desde que se fue a la imprenta. ¡Cuánto dolor hay en “Liubliana”!, me dije. Escribí esta novela en medio de uno de mis más severos episodios de mortificación humana. El compromiso con la blasfemia, la decepción y la tristeza fue genuino, incisivo y cruel. El soundtrack original compuesto por Álvaro Paiva recoge parte de esa melancolía.

Comparto con los lectores (y los músicos) el primer parágrafo de “Liubliana”:

Al viejo barrio de Santa Mónica

 

Preludio

1

 

«¡El loco, el loco!», dijo una voz infantil. Los niñitos de la cuadra salieron corriendo. «¡Corre! ¡Corre que ahí viene el loco!», gritaron riéndose, escudándose detrás de sus madres asustadas. La escena se repetía todos los días, en horas de la mañana, cuando bajaba a comprar el periódico. Tardé en comprender. La locura es asintomática. Nunca me di cuenta. Tenía la convicción de que era una persona normal… Yo solo quería matar a Dios.

 DISPONIBLE EN LIBRERIAS: 25 de abril, aproximadamente. Caracas. (EdicionesB).

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Ejercicios de admiración:

En esta entrega: Yordano di Marzo.

Me gustan las canciones que celebran el malestar y la tristeza. El insomnio, enfermedad que me acompaña desde la niñez, ha convertido la rutina nocturna en un grato refugio de soledad y pesadumbre. Yordano (1984), la caja negra, aparece en mi memoria en un viejo casete Magnum de sesenta minutos. No soy aficionado al Yordano festivo, lo escucho por respeto y costumbre. “Otra cara bonita”, “Bailando tan cerca” o “Robando Azules” son canciones que, en las clases insoportables del bachillerato, solía adelantar en el walkman. Las canciones que más me gustan son aquellas que, a corazón abierto, formulan una especie de poética de la autopsia. Redescubrir esas canciones, escucharlas con atención, desgranarlas bajo la penitencia de la madrugada es un ejercicio que da sentido al desvelo.

Las baladas de Yordano (muchas de ellas) descubren a individuos derrotados, a personajes que no tienen reparos en reconocer sus flaquezas. Considero que una de las mejores canciones de Yordano di Marzo es “Y así te vas”, incluida en Lunas (1988). Me parece la más honesta, la más cruel, la más difícil de decir y componer. Cuando degusto esta maravilla suelo formular al iPod una pregunta de carácter formal. Es una pregunta bastante estúpida, quizás solo comprensible para aficionados a la disciplina yordanológica: ¿Por qué “Y así te vas” está en Lunas? Lunas, en su conjunto, es un disco alegre, festivo, celebratorio, romántico. “En un beso la vida” es un homenaje del artista al tango y el bolero, una adaptación de dolores ajenos, un sentimiento prestado. La felicidad que destilan “A la hora que sea”, “Queriendo” y “Locos de amor” contamina la atmósfera del disco. Sin embargo, en medio de la fiesta, de repente, Yordano expone la más mortificada de todas sus letras. La bandola cruel de Saúl Vera muestra el camino del Averno, el salto al vacío. “Y así te vas” no es un tema apto para temperamentos depresivos. La angustia taciturna que transmite esta melodía es de las más intensas en todo el repertorio del intérprete. En esta canción, el artista parece reconocer una derrota fulminante e incómoda. El poeta simula hablarle a un tercero pero claramente se intuye que se trata de un hombre que habla consigo mismo. Hay un verso que duele más que otros: no tienes nada/ y quieres darlo todo. E insiste: con un vaso por un lado/ un cigarrillo por el otro y en las manos un vacío que te que va dejando solo. Y no conforme, cierra la estrofa: sin aviso y sin retorno, se te va volviendo nada el corazón. Mezclar esta balada con licor es perjudicial para la salud física y mental de este humilde cronista. En el oficio de la literatura y la canción, el dolor suele ser un complemento natural de la belleza.

Hablar de Lunas exige hacer referencia a una de las más grandes maravillas de la canción latinoamericana, una pieza exquisita que ninguno de mis amigos intensos, musicólogos y clásicos, ha sido capaz de refutar: “Medialuna”… ¡Qué piano! ¡Qué musa, Maestro! Esta balada-jazz es una canción de culto, un argumento a favor de la excelencia.

Siempre he pensado que el fenómeno “Por estas calles” le hizo mucho daño a Yordano, en especial a su trabajo De sol a sol (1992). “Por estas calles” padeció una severa sobreexposición; la melodía fue malograda por el exceso. La redundancia vació de contenido la riqueza de la letra. El último año de la novela (me imagino que a solicitud del intérprete) RCTV dejó de usar la canción y utilizó para la presentación una versión instrumental. Este abuso del single hizo que, popularmente, de todo el conjunto de De sol a sol solo se promocionara en algunas emisoras de radio “Escándalo en tus mejillas”. Buenas canciones como “Quién será”, “Así será” y la melancólica “Cuentas”, pasaron desapercibidas para mucha gente.

El Yordano social, más allá de la innegable calidad de protesta de “Por estas calles”, se oculta en una de las canciones de mi antología personal: “Finales de siglo”, incluida en Finales de siglo (1990). No existe otra canción en la historia de la balada venezolana contemporánea que haga una descripción tan hermosa de Caracas. La referencia a la belleza no es irónica ni forzada. En “Finales de siglo” la ciudad se muestra tal cual es, sin edulcorantes, sin pajarillos, turpiales, ni araguaneyes de plástico. Es ahí donde reside la fortaleza lírica. En la canción hay olor a humo, aroma de gasoil, niños que persiguen a mendigos, mujeres que pelean en el mercado, caderas que parieron doce hijos a cariño, bocas rojas, uñas rotas, mal pintadas. Yordano compuso esta canción hace veinte años. Hay un verso (el último) que resulta muy adecuado para refutar la vulgaridad del presente. Es un verso que habla de los héroes reales, que se burla de los próceres falsos. Yordano hace referencia a las personas anónimas, esos héroes que se fueron, sin saberlo y sin medalla, a finales de siglo. El hombre solitario, además, en medio de la abyección urbana, reconoce la necesidad de compañía, del amor que aparece de repente. A pesar de Caracas, la gente todavía tiene tiempo para enamorarse, pareciera decir.

El iPod se burla cuando exploro las desventuras de Yordano con las mujeres. En este contexto, es necesario hablar de “A flor de piel”. “A flor de piel” es mi “New York, New York”, mi “Simpatía por el diablo”, mi “Volver”, mi más discreto “Adagio”. Vencido por la angustia, el poeta afirma: Entro en un bar, me quiero aturdir. A primera vista, parece un verso simple e indoloro pero todos aquellos que, alguna vez, hemos sido expuestos a la feracidad de la tristeza descubrimos en esas palabras el instinto melancólico de la autodestrucción, la tentación del alcoholismo. La honestidad del doliente enriquece el vacío de la balada: te extraño en cada mentira que digo, le dice a la barra solitaria. ¡Yordano, por Dios! ¡Qué despiadado! Celebro la traición de esa musa fatale que puso a prueba la creatividad de tu nostalgia.

El repertorio romántico es inmenso, cada texto amerita un anteproyecto de tesis: “No queda nada”, “Otra madrugada” (Volver es imposible, lo sé), “No voy a mover un dedo”, “Lejos”, “Con ella no hay salida fácil”, “Aquel lugar secreto”, “Muñeca de lujo”. No diré mucho sobre “Días de junio” ni “Perla negra”. Estas son canciones que, junto con algunos temas de Franco de Vita, Ilan Chester, Frank Quintero y Elisa Rego, entre otros, conforman parte esencial de nuestro más auténtico imaginario y acervo. “Perla Negra” es una tragedia en tres actos, la lágrima de rímel parece tomada de un cuento de Guillermo Meneses. “Días de junio” es un elogio a la sonrisa. Mi pesimismo nato es derrotado desde el primer verso, con la brisa de la tarde y la belleza propia del más hermoso de todos los cortejos en la historia universal de la balada.

Finalmente, para despedir este grato ejercicio de admiración expondré breves consideraciones sobre Sabor de Cayena (1994). Siempre me he preguntado por qué razón en sus últimos conciertos (en los últimos conciertos anteriores a 2007) Yordano nunca interpretó “Besos en la lluvia”. “Besos en la lluvia” coincide en mi memoria con los últimos años del bachillerato. En esa letra aparecen novias viejas, olvidadas en su mayoría o transformadas en amigas entrañables, recuerdos pasados por agua y sacarina. Sabor de Cayena incluye otra canción de cabecera: “La quiero más”. Sencilla, romántica, laudatoria, apocalíptica. El cameo coral de Julio Jaramillo, poeta que escribió con tinta-sangre del corazón, suele ser el bis de mis insomnios.

Me resulta difícil concebir mi historia personal sin las canciones de Yordano di Marzo. Escuchar a Yordano es como ver una película de Billy Wilder. A través de esas canciones procuro encontrar teorías verosímiles que expliquen el doble discurso del corazón humano. Nunca me convenció el coro introductorio de “Algo bueno tiene que pasar”, el La-la-la inicial me disgusta desde la infancia. El ceño fruncido, sin embargo, es derrotado por la magia del primer verso: Todavía me asombra un rayo de sol. No hay pesimismo ni cinismo que sobreviva a este canto de fe. No conozco personalmente a Yordano di Marzo pero sé que “Algo bueno…” le gusta mucho, se nota por la manera cómo la interpreta, por la emoción que le imprime a cada palabra, por el orgullo tácito, por elegirla para cerrar los conciertos. “Algo bueno vamos a lograr”, recitó la última vez que lo escuché en vivo. Cuesta creer que el mismo solitario herido en la barra de “A flor de piel”, aquel que vomitó la noche en “Manantial de corazón” e hizo de la orilla de la playa un lugar de peregrinación para los tristes, sea al mismo tiempo un ferviente paladín de la esperanza, un entusiasta explorador de la brisa.

E.

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En el país de la soledad y la tristeza

Impresiones aleatorias sobre las últimas balas.

Hace tiempo que todo terminó. En Venezuela, la vida cotidiana es un ejercicio de espera y resistencia en el que cualquier día puede ser el último día. Solo las balas tienen la palabra. El insomnio sugiere incómodas preguntas: «¿Y si, en realidad, estamos podridos? ¿Y si los asesinos tienen la razón? ¿Y si Dios nos abandonó? ¿Y si, batidos por el plomo, estamos condenados a desaparecer? ¿Y si la idiosincrasia es esta rara mezcla de violencia, mediocridad, corazones enfermos, mala fe? ¿Será que, más allá de las ficciones democráticas (de nuestra mentalidad de sketch), nuestro patrimonio radica en la pobreza del espíritu? ¿Y si las balas duplican, triplican, cuatriplican el número de cabezas? ¿Y si los asesinos, los pederastas y las bestias, organizados en partidos, conforman una mayoría? ¿Y si el país se acabó? —insiste el insomnio—. ¿Y si no queda nada?». «Puede ser… Puede ser», responde el hastío, argumenta el techo.

No conozco a este muchacho Juancho, conocido popularmente como OneChot. Hasta el día de ayer, cuando Caracas se encaprichó con su nombre, no tenía referencias sobre su trabajo. El vendaval de información me hizo pasearme por las calles de Rotten Town. La tara baladológica me distancia del estilo. No es el tipo de música que suelo escuchar. La estupidez de la realidad alentó mi curiosidad. Intimidado por las ironías del mundo me dejé llevar por las imágenes de un río de sangre. La noticia sobre el crimen avivó mi indignación, mi malestar inefable. Lo más triste es saber que todos los días pasa lo mismo. Personas mayores, hombres, mujeres, jóvenes, niños. La ciudad es el horno crematorio de una raza maldita, regida por gendarmes indolentes. La geografía de Caracas tiene referentes atroces. Nuestros monumentos celebran sucesos ordinarios: porque en aquella esquina mataron a tu padre, porque en la plaza de enfrente masacraron a nuestro amigo; porque el otro día en la autopista, de noche, regresando del trabajo le dispararon al vecino, porque en aquel edificio, donde de niños nos juntábamos a redactar tareas y jugar caimaneras, violaron y mataron a la muchacha bonita, aquella a la que por timidez nunca nos atrevimos a saludar. A veces, apostando por un concepto ingenuo de humanidad, me pregunto si los asesinos ejercen el oficio del remordimiento, de la culpa, del qué bolas, del maldita sea, del por qué. Yo no sé ni creo en las razones que dan derecho a matar, decía el viejo José María Cano en una balada que se presta más a mi temperamento. Esta visión del mundo, quizás, hace tiempo que caducó.

El insomnio, herido por la lucidez, me dice que el destino de todos los hombres y mujeres de Caracas es el hacinamiento en las salas hediondas de Bellomonte. Y ya no sé qué creer ni qué pensar ni qué sentir ni a qué Dios rezar. Porque la sensación de soledad e indefensión solo permite reconocer una humillante derrota. No hay mucho que agregar. Día tras día, el Mal impone su criterio. Cuesta creer que, tras una década de desastre e indolencia, las encuestas sugieran que la competencia contra la casta de inútiles es reñida, que es necesario hacer malabares unitarios y campañas de conciencia para hacer entender las metáforas de este vulgar apocalipsis. El insomnio, con su burla habitual, pregunta: «¿Pero quiénes son los ciegos?». A lo mejor estos tipos tienen razón y la persistencia de los asesinatos es una forma de campaña, una manera de decir que Venezuela es un país de malandros, de enfermos, de criminales, de arribistas, de caníbales, de proxenetas, de vagos y coprófagos. A lo mejor, los otros, aquellos que por ingenuidad e inmadurez manejamos un criterio diferente de conciencia, no hemos tenido la fortaleza para confrontar lo evidente, para entender que lo que está pasando es una consecuencia natural del trágico culto a la miseria. Intimida pensar que, tras los carnavales de octubre, haya que volver a padecer el vacío y la desesperanza… El doloroso silencio tras las palabras trasnochadas de la gorda. Las recurrentes imágenes del balcón maldito.

Hoy juega la Vinotinto. Este tipo de evento hace saltar el remedo del orgullo, los vivas, los qué de pinga, los tweets patrioteros, la necedad de las banderas, nuestro falso concepto de honra. Mientras nuestro insólito y estúpido universo se ensalce en celebrar sus onanismos pensaré en este pana, Juancho, y en todas las personas caídas durante la guerra. Ejerceré mi derecho al malestar y al padecimiento de la humillación. «¡Qué carajo! —repite el insomnio—. Es así: estamos solos, abandonados por Dios, vencidos, masacrados, condenados a morir por un arma de fuego». Última cerveza. Música. Alguna balada vieja. ¡Salud por la soledad y la tristeza!

E.

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Mayo, 2012: LIUBLIANA (Incluye Original Soundtrack)

TRACKS:

1. El puente de los dragones (2:21)

2. Calles de Santa Mónica (3:05)

3. La Guaira era lejos (3:01)

4. Carla y Gabriel, tema de amor (4:54)

5. Canción de Alejandro (2:27)

6. Serenata (3:11)

7. Malpasse, tráfico humano (3:14)

8. La niña más hermosa del mundo -tema de Carla- (5:05)

9. Los años de la locura (4:00)

10. Réquiem por Mercedes Guerrero (3:45)

11. Balada para Mariana (2:33)

12. Regreso a Liubliana. Tema final (6:11)

Composición de todos los temas: Álvaro Paiva Bimbo.

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LIUBLIANA: SOUNDTRACK

(Historia de un proyecto literario-musical)

Por: Eduardo Sánchez Rugeles

Alrededor del mediodía del 15 de diciembre de 2010, en medio de un perceptible desgaste físico y nervioso, terminé de redactar el manuscrito de Liubliana. El tiempo que tardé en revisar el texto tuve la impresión de que la historia necesitaba una música incidental, una melodía que sirviera de fondo a la tragedia de Gabriel Guerrero. La idea, en principio, me pareció rebuscada y difícil. La posibilidad de escribir una novela con soundtrack, como tantas otras reflexiones inútiles, quedó apuntada en el cuaderno de las cosas imposibles.

La memoria de Álvaro Paiva se remonta a mis primeros años de escuela. En 1991 fuimos compañeros de tablas en el efímero y significativo grupo de teatro Huellas del colegio Agustiniano Cristo Rey. El siglo XXI, amparado en las redes sociales, ha erradicado el concepto del olvido; el ejercicio del recuerdo posee actualmente herramientas y respaldos que han motivado el autismo de la memoria. Décadas atrás, la distancia y el olvido eran categorías mucho más estrictas. Tras la deserción escolar y la inevitable dispersión, el nombre de aquel viejo amigo se asimiló a esas categorías inevitables. La persistente y prolija actividad cultural de Álvaro, sin embargo, me hicieron tener presente parte de su itinerario. La invención musical de Kapicúa, Cabijazz y los eventos de la Movida Acústica Urbana, entre otras iniciativas, me obligaban a leer en la prensa, con admiración y respeto, el nombre del amigo de infancia con el que, alguna vez, de la mano de un tipo llamado Cheo, formé parte del elenco del drama Godspell en un auditorio de colegio. Más tarde, Facebook posibilitó el reencuentro en su gélido formato de solicitud y subscripción. Habían pasado, aproximadamente, veinte años.

En mayo de 2011, durante los eventos de la Feria del Libro de Chacao, tras la presentación de mi novela Transilvania, unplugged tropecé con Álvaro Paiva en la Plaza Altamira. La conversación, en principio, fue cordial, referida exclusivamente a datos de actualización y contexto. En medio de la charla recordé un olvidado proyecto, lo llamé aparte y le dije: «Alvarito, tengo una novela inscrita en un concurso, está inédita. Si todo sale bien se publicaría en Caracas para el primer trimestre del año que viene. —La expresión del artista daba a entender que no tenía muy claro el sentido de mi comentario—. Sé que puede sonar raro pero… ¿Le echas bola a componer un soundtrack?». La sintonía fue inmediata. Álvaro leyó Liubliana en PDF. Imaginó la partitura. En cuestión de días, sin un cronograma definido, comenzamos a trabajar en la elaboración de una banda sonora-literaria.

El puente de los dragones apareció como melodía inicial, como pieza bisagra sobre la que se sostendría el argumento de esta rara adaptación musical o sinfonía novelada. El experimento de crear un soundtrack para novela nos permitió atravesar dimensiones inéditas del fenómeno estético, tanto musical como literario. Desde la selección de los temas hasta las jornadas de Skype en las que compartimos acordes, melodías en archivos MP3, conjeturas y refutaciones hasta las tramas burocráticas para lograr la inclusión del CD dentro de la edición para Venezuela de Ediciones B, disfrutamos enormemente del proyecto.

Confío en que el lector que transite por las páginas/calles de Santa Mónica y Liubliana tenga la curiosidad para recrear, de la mano de un músico reconocido e integral, el recorrido de Gabriel Guerrero a través de la locura, la pasión por la niña más hermosa del mundo, la orfandad, la desesperación y la muerte. 

  LIUBLIANA: SOUNDTRACK

(Historia de un proyecto musical-literario)

Por: Álvaro Paiva Bimbo

La amistad, los libros, la música. A los cinco años, y más o menos en ese orden, ya había descubierto las cosas que me harían más feliz en la vida (el fútbol entraría en la lista poco después).

Entre las cosas que ya no tengo tiempo de hacer (ni demasiado interés), está leer el periódico a primera hora de la mañana; afortunadamente mi mamá, que sí alcanza a revisarlos, me puso al tanto: un muchacho se ganó dos premios en un concurso de literatura. Al revisar la nota de El Nacional leí el nombre. Se trataba de Eduardo Sánchez Rugeles.

Por María José —su hermana y mi querida compañera de promoción— sabía que Eduardo se había graduado de Filosofía y de Letras, que se había obstinado un poco de todo, y que como muchos conocidos se había ido del país a hacer un postgrado, ¡pero lo que no sabía era que escribía y menos que lo hacía tan bien! Naturalmente me sentí orgulloso del reconocimiento a su trabajo: hace más de veinte años se abría un telón con Eduardo interpretando el papel de Santo Tomás de Aquino y yo el de Sócrates en un arriesgado y trabajado montaje colegial del musical Godspell, que incluía una banda de rock en vivo y mensajes algo diferentes a los habituales en nuestro colegio de agustinos recoletos.

Quedó claro que el espíritu transgresor de ambos seguía intacto cuando acepté la invitación de Eduardo para musicalizar su novela inédita. Acto seguido me devoré Blue Label/Etiqueta Azul, Transilvania Unplugged y Liubliana. En ellas sufrí, reí, odié, me enamoré, me excité, me indigné, lloré, etc… pero sobre todo quedé fascinado con el trazo certero de su lenguaje, en el que encuentro sublimados tonos a los que pocas veces aspiramos en nuestra estética: profundidad, desenfado, contemporaneidad, venezolanidad.

Es en estos rasgos sobre los que he basado la composición del soundtrack de Liubliana, una novela en la que, como en toda la obra de Eduardo, la música contada juega un rol fundamental, tanto que casi puede oírse. Los sonidos incluidos en este CD solo pretenden emocionar al lector —y al oyente curioso— tan intensamente como las páginas del libro me emocionaron a mí.

La amistad, los libros, la música. Sinceras gracias, Eduardo, por invitarme a participar en este proyecto en el que se suman las cosas que me hacen más feliz. Va por Cheo (Q. E.P. D.).

PRESENTACIÓN OFICIAL DE LA NOVELA: Mayo, 2012. Ediciones B, Venezuela.

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Saber citar a Goethe

En memoria de la profesora Ernestina Salcedo Pizani

La profesora tenía una costumbre rara: antes de comenzar la lectura del Quijote, pedía por favor que, al terminar la clase, alguien le diera la cola para su casa. Todos aquellos que, entonces, teníamos carro alguna vez la llevamos a su calle de Montalbán.

Mi promoción fue su última promoción. Las tardes de los miércoles, en las últimas horas, Ernestina Salcedo Pizani dictaba el curso Literatura Española II. La rampa y el pasillo eran un trámite difícil. Le costaba mucho caminar. El ritmo lento de los ascensores de la UCAB la obligaba a esperar con paciencia en el escándalo del tercer piso. La clase solía comenzar tarde, muy tarde. La deserción era habitual. Freddy Goncalves, nuestro delegado, era el encargado de ir a la dirección de la Escuela de Letras para buscarle una silla cómoda y acolchada. La utilería cotidiana de las aulas destrozaba su espalda. Ese año, el primer trimestre de Literatura Española lo dictó una profesora suplente. Ernestina se recuperaba de alguna enfermedad o intervención delicada. Se incorporó tarde, en el mes de enero. Desde la ventana, la vimos atravesar la carrera de obstáculos de la rampa. Entró al salón con paciencia. Pidió por favor, con voz pausada y respetuosa, que al terminar la clase alguien la llevara a su casa ya que no tenía medios para regresar. Luego, confrontando visibles dificultades motoras, logró sentarse. Recitó de memoria un poema de San Juan de la Cruz. Un vasto silencio se apoderó de la sala. El efecto místico fue genuino. Sus palabras activaron una honesta modalidad de conmoción y respeto.

Años más tarde supe que asimiló a disgusto su salida de la cátedra. Aunque las rodillas le impedían desplazarse con comodidad y las manías de siglos de enseñanza habían aletargado su discurso, ella tenía la convicción de su talento, de su compromiso con la educación y las letras. La juventud, en ocasiones, forma cataratas que impiden valorar ese tipo de esfuerzo. En los últimos años, era habitual escuchar en los pasillos el rumor sobre el visible deterioro de la profesora Ernestina; se decía que sus clases no eran las mismas, que ignoraba los contenidos del programa, que limitaba el plan escolar a monólogos redundantes sobre San Juan de la Cruz en detrimento de un pensum tan extenso como imposible, que su sistema de evaluación era impresionista y que, en lugar del saber, pretendía explotar en sus estudiantes inútiles aspiraciones líricas. Más allá de esos rumores, el desgaste real, el discurso de los ciclos y el incómodo sentido de lo inevitable hicieron que la profesora Ernestina Salcedo abandonara la universidad.

Ernestina Salcedo fue una de las mejores profesoras que tuve en mi largo periplo como estudiante, tanto en Venezuela como en el extranjero. Su pedagogía se fundaba en lo esencial, en una visión de la vida que, a pesar del envilecimiento del entorno y la creciente degradación de las acciones humanas, brindaba un nuevo sentido al significado del mundo. Siempre fue más allá de los programas, de los contenidos temáticos, los índices y las burocracias. Antes que instrumentalizar el concepto de enseñanza prefirió transmitir una pedagogía personal que sacudió a sucesivas generaciones de egresados en Letras y docentes del viejo Instituto Pedagógico. Se propuso enseñar a través de las letras una extinta, humilde y compleja noción de la naturaleza humana.

Siempre tuvo un claro sentido de la elegancia. Nunca se le vio despeinada o raída. Sus vestidos oscuros no mostraban arrugas ni manchas de tiempo. Todas las clases tenían dignidad de ceremonia… Alguna vez, ante la inminencia del calendario de evaluaciones, un compañero aburrido le preguntó por los contenidos del examen de Española. Ernestina, distraída en las angustias de Fray Luis de León, le respondió con una cita de Goethe. La cita, per se, puede parecer insignificante y retórica. El contenido trágico reposaba en la manera de decirla, en la pausa, en los acentos, en el cállate imbécil que nunca pronunció ni pensó pero que, sin duda, invitó a reflexionar a los necios: “Gris es toda teoría y solo es verde el árbol dorado de la vida”. Educar para ella, simplemente, era saber decir.

Comparto con sus familiares, amigos y estudiantes este legítimo sentimiento de gratitud y tristeza.

E.

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En torno a “Liubliana”

ACTA DE DELIBERACIÓN POR PARTE DEL JURADO DE NOVELA DEL PREMIO LETRAS DEL BICENTENARIO, SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ, 2011.

Reunidos en la Biblioteca Isidro Fabela del Centro Cultural Casa del Risco, en la Ciudad de México, Distrito Federal, el jurado de la categoría Novela determinó otorgar el primer lugar a la novela Liubliana bajo las condiciones que se detallan a continuación:

Liubliana, firmada con el pseudónimo Inmanuel, es una obra sobresaliente.  La novela posee una trama contrapunteada, con saltos en el tiempo que captan permanentemente el interés del lector y una acertada combinación de narración y de diálogos fluidos e impactantes. El autor maneja con gran profundidad el tema de la parte oscura del alma y aún el lado siniestro de la sociedad y de sus instituciones globalizadas, supuestamente benefactoras. Mantiene una densidad narrativa y una voz que seduce y vuelve al lector cómplice del protagonista. Esboza el ambiente sociopolítico actual con una mirada incisiva, más no ideologizada. Es en fin, la novela de un autor que ha iniciado una nueva forma de observar el mundo de hoy.

JURADOS:

Anamari Gomís, Mónica Lavín y David Martín del Campo.

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ESTRENO EN VENEZUELA: Marzo, 2012.

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Disponible en librerías:

LOS DESTERRADOS. Peripecias y tribulaciones de Lautaro Sanz.

Foto de portada:Dana Meiljilson

Es un hecho: Lautaro es un nowhere man puro, un rebelde para quien el exilio es una condición ontológica, una manera no sólo de entender sino de resistir el mundo. Sus pocos amigos, la literatura, Youtube, la calle, y el melodrama televisivo y musical venezolano son sus contadas trincheras. Lautaro tiene romances fugaces y fastidios permanentes. Evade los afectos duraderos, las relaciones sedentarias. Si alguna emoción deja entrever casi siempre es la de la rabia o el hastío. También la de la tristeza. Es también manifiesta la necesidad de que sus andanzas se acompañen de una especie de soundtrack íntimo en el que suelen sonar las canciones de Yordano, de la Billo’s o de Joaquín Sabina. La música, en estos textos, es una resonancia vital que le permite al narrador afinar su propia voz, dar con el clima exacto de sus historias. Pero la música sólo lo alivia, no lo restaura. Lautaro se sabe derrotado y no lo disimula; tampoco se hace la víctima. Su orgullo no se lo permite. Vive asqueado del tiempo que le ha tocado vivir, pero sobre todo del país en el que le tocó nacer. Escribe para contar con mordacidad lo mucho que lo avergüenza –y le arrecha– Venezuela. Por ello se extravía adrede por el planeta, huyendo de un país que no lo abandona, que no puede abandonar del todo“.

Fragmento del prólogo de Los Desterrados (Ediciones B, 2011) por LUIS YSLAS.

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Libros Clausurados

A Javier Marichal

 

La vieja librería, como las ilustraciones del libro de Shaun Tan, se había convertido en un recuadro de carboncillo. Mis pisadas hacían eco en la oscura galería. El edificio estaba abandonado. Desapareció la agencia de viajes, desapareció el laboratorio. Al fondo, entre los acordes de una gotera y los últimos compases de un bombillo, se escuchaba una pieza barroca. Sabía que el librero podría ayudarme, sabía que él tendría alguna noticia sobre aquel extraño libro. El pasillo solitario, sin embargo, me dio a entender que Distribuidora Estudios había dejado de existir.

    Descubrí esa librería cuando tenía diecisiete años. El hallazgo fue un accidente. Mis lecturas juveniles eran dispersas y desinteresadas. Sidney Sheldon, V. C. Andrews e Isaac Asimov formaban parte de un panteón al que solo asistía cuando el aburrimiento imponía su carácter. Siempre he pensado que la juventud es ese momento de la vida en el que la estupidez es una forma legítima. Mi honesta estupidez, entonces, me hizo cometer irreparables imprudencias. No sé cómo descubrimos aquel edificio. Alguien nos habló del laboratorio. El excesivo retraso hacía pensar lo peor. Gabriela entró a buscar los resultados. Me pidió que la esperara fuera. La angustia me hacía caminar sobre mis propios pasos. Al final del pasillo había una librería. Toqué el timbre, entré.

    Habían quitado el letrero. La reja blanca estaba entreabierta. Todos los anaqueles estaban vacíos. Sobre la mesa de novedades había cuatro cajas rellenas de títulos de la editorial Cátedra y un radio viejo del que salía una pieza barroca. Mi vista, condicionada por los gustos de los últimos años, buscó las repisas de literatura infantil pero solo encontró una filtración en la pared. El paneo me llevó hasta la estantería abandonada de la Biblioteca Ayacucho; una cucaracha desayunaba sobre los restos de un tomo de Macedonio Fernández. Coño, me dije.

    Cuando abrió la puerta de la librería interpreté el diagnóstico. «Estoy embarazada», dijo al acercarse. Maldita sea. Fue el fin del mundo. Teníamos diecisiete años (ella dieciséis). Le pregunté impertinencias. Me puse gago, la traté mal, insinué errores, engaños, responsabilidades ajenas. Me insultó con dramatismo, se fue. Me quedé solo con los libros. ¡Coño!, me dije asustado. Un terror extraño e inédito se apoderó de mis rodillas. «¿Te puedo ayudar en algo?», escuché. El librero era un hombre de edad imprecisa. Tenía un tupido bigote como aquellos que, en las enciclopedias, ilustran el busto de los viejos filósofos. Tenía pelo pero la calvicie se insinuaba. Su acento también era impreciso. No entendí la pregunta. «¿Buscabas algo?», reincidió. Negué con el rostro. Al rato, perdido entre las circunstancias y la pobreza de mi vocabulario, le dije que me gustaría leer algo profundo. En aquel tiempo, pensaba que algunos libros ocultaban verdades esenciales. Yo tenía la impresión de que la palabra profundo era el revés de la filosofía, la clave para comprender el significado de la existencia. El librero se rió sin insolencia, seguramente pensó que era un muchacho gafo. «¿Qué edad tienes?», preguntó. Respondí con timidez. Caminó hasta el estante del fondo y regresó con un libro pequeño de la editorial Alianza.

    Lo encontré arrodillado detrás de una caja, tenía en sus manos un exacto con el que rasgaba cubiertas de tirro. Me saludó con la sonrisa respetuosa de siempre. El tiempo no pasaba por aquel librero: encontré a la misma persona que hacía doce años, aproximadamente, me había invitado a leer una novela de Hermann Hesse. «Cerramos hace quince días», dijo sin mirarme, empeñado en la construcción de las cajas. «Pensé que la puerta estaba cerrada», citó en voz baja, como hablando para sí. «La semana que viene es el cumpleaños de Andrés. Buscaba un libro —el librero se levantó y se limpió las manos—. Emigrantes de Shaun Tan», logré pronunciar.

    La realidad defraudó nuestras expectativas. La tragedia solo ocurrió en nuestras cabezas taradas. No fui asesinado por sus hermanos ni me vi en la obligación forzosa de improvisar un matrimonio. Sí, es verdad, hubo días difíciles pero el paso del tiempo desterró los períodos de angustia. El nacimiento de Andrés rápidamente hizo olvidar la sensación de catástrofe.

    El librero me explicó que Distribuidora Estudios había cerrado. Sugirió, para evitar la pérdida del viaje, que preguntara por Emigrantes en la Tecniciencias del centro comercial. «Ayer estuve en la Tecniciencias del Tolón, no lo tienen. Quedaba uno en Barquisimeto pero ya se vendió», le dije mientras me perdía en la contemplación de la nada.

    Andrés tiene doce años y vive en Chicago. Me perdí su estirón, su mudanza de carácter. Somos amigos de Facebook. Utiliza una especie de spanglish acartonado y soso. Es un niño inteligente; en realidad, es un niño normal. Muchas veces solemos pensar que nuestros hijos poseen el privilegio de la diferencia, su precocidad natural nos engaña con frecuencia. En ocasiones, descubrimos en sus aptitudes la superación de nuestros defectos y carencias. Sé que él está mejor en los Estados Unidos, sé que estaría mejor en cualquier parte. Me cuesta creer que esa persona, hoy día esencial en mis tribulaciones, es el resultado de una torpe y apasionada tarde perdida entre los brazos de una futura extraña. Hay muchas maneras de hacer el odio. Durante mucho tiempo, Gabriela y yo nos empeñamos en destruirnos. Andrés fue el principal argumento que utilizamos para hacernos daño, para humillarnos. La juventud fue una parada breve, muy breve. Porque ninguno de los dos llegó a ser lo que quiso ser, porque abandonamos la universidad, porque no terminamos nada, porque el tiempo nos pasó por encima y nos soltó en medio de trabajos mediocres, relaciones efímeras y familias en diáspora. «Dentro de dos meses me iré a los Estados Unidos. Enrique está en Chicago y puede ayudarme con los papeles. Me llevo a Andrés», dijo hace más de un siglo. No me jodas, respondí quitándole importancia a su nuevo proyecto. No le creí. Gabriela era una depresiva sucesión de planes inconclusos. Un día me llamó un abogado. Yo no tenía ningún derecho sobre Andrés, nunca firmé nada; los pocos documentos que daban constancia de mi presencia se traspapelaron en alguna mudanza. Maldita sea, me dije cuando, sin darme cuenta, hice la cola en Maiquetía frente al mostrador de American Airlines mientras sostenía un morral de Buzz Lightyear. No llores delante del carajito. No la cagues. ¡Que la pendeja de Gabriela no te vea roto!, gritaba el instinto. «¿Me vas a cuidar mis libros?», preguntó el niño antes de desaparecer. Afirmé con el rostro. «Quería llevarme mis libros pero Mamagaby dice que pesan mucho, que no se pueden llevar. Me dice que en ese lugar al que vamos hay más libros, que podré comprarlos todos pero, no sé, estarán en inglés, a mí no me gusta el inglés». «Andrés, nos vamos —dijo Gabriela tras trancar su teléfono celular y mostrar el recibo del impuesto a un Guardia Nacional—. Chao, Sergio». Me dio un beso seco en la mejilla. «Te mandaré un libro cada mes. Te lo prometo», dije. Gabriela hizo un ruido de burla, me miró con lástima. ¿De dónde vas a sacar real pa’ comprar libros y mandarlos? Además, no quiero que llenes mi casa de mierda, pareció pensar. Andrés movió las manos en son de despedida. La puerta se cerró. No he vuelto a verlo desde entonces. No cumplí mi promesa al pie de la letra pera cada cierto tiempo regresaba a Distribuidora Estudios y le pedía al librero que me orientara en una de sus principales aficiones: el complejo mundo de la literatura infantil.

    «¿Shaun Tan? Espera», dijo el librero. Se perdió en la oficina. Volví a observar el vacío, el universo abandonado. Tras Demian, que me comí en dos días, regresé a Estudios por el El lobo estepario. El librero también me inició en la novela negra; gracias a él llegué a Mankell, a Camilleri, a Donna Leon. Con el paso del tiempo me aventuré con textos más difíciles: Thomas Mann, Virginia Woolf, Faulkner. Mis compañeros del Nuevas Profesiones siempre se burlaban por la afición a esas lecturas complejas. Me decían intenso, me decían que me las daba de una vaina. Andrés, desde sus primeros años, sintió curiosidad por la lectura, por los números, por los libros ilustrados. Antes del viaje a Chicago, Gabriela, como si el niño fuera un objeto de alquiler, solo me lo prestaba los fines de semana. Muchas veces lo llevé a Estudios a buscar libros de cuentos, historias animadas de elefantes, jirafas y muñecos raros.

    El librero sacó de la oficina una caja húmeda, con las esquinas empapadas. La colocó sobre el escritorio.

    Gabriela se casó con un empresario gringo. En realidad, con un amigo venezolano hijo de gringos que tenía todos los papeles en regla. Gabriela estaba preocupada por Andrés. El niño era muy tímido, no tenía amigos en el colegio, no aprendía el idioma, le costaba adaptarse. El psicoterapeuta, según, le recomendó abandonar los estímulos en castellano para forzar el aprendizaje de la lengua. Gabriela me llamó un diciembre para decirme que dejara de enviarle libros inútiles; que, como en la mayoría de nuestros asuntos, yo era el responsable del autismo de Andrew. Como siempre, cedí. Gaby, sin embargo, subestimó al niño. Un día cualquiera, mi hijo de once años solicitó mi amistad en Facebook. En mensaje privado, me contó historias triviales y fantásticas. Lo sentí normal, sin conflicto, sin las taras que describía la mamá. Me dijo que tenía pocos amigos y que le costaba mucho entender esa ciudad de vientos helados pero no hallé en sus palabras al potencial asesino en serie previsto por Gabriela. Me pidió sus libros, me preguntó por qué había dejado de mandarle libros. Gaby, por supuesto, nunca le explicó sus ordenanzas. Retomé la rutina de mi vieja promesa. Comencé, cada tres o cuatro meses, a mandarle cosas. Para mi sorpresa, Andrés comenzó a pedirme libros con menos ilustraciones. El chamo leía adaptaciones de autores que para mí, publicista mediocre, eran familiares pero desconocidos: Stevenson, Melville, Poe, Quiroga.

    Fue el librero de Estudios quien me habló de Shaun Tan y sus Emigrantes. Lo hizo en mi última visita, seis o siete meses antes del desahucio. El libro era caro. «No puedo comprarlo ahora —le dije—. Quizás en otro momento». Tiempo después, una casualidad me hizo tropezar con la caratula sepia en la librería Nacho de Santa Fe. Reconocí la portada, decidí echarle un ojo. Coño, me dije. ¡Qué duro es esto! Encontré mi rostro tallado en carbón, perdido en una multitud. Vi la cara de Andrés despidiéndose desde la baranda de un barco. Pronto sería su cumpleaños; pensé que aquel libro infantil y maduro podía ser un buen obsequio. La tarjeta de débito rebotó. No me habían depositado en la revista. Maldita sea. Hice la reserva. Regresé la semana siguiente pero ya lo habían vendido. Es un buen momento para volver a Estudios, me dije. Nunca imaginé que la librería había desaparecido.

    El librero metió las manos en la caja. Los libros estaban mojados, doblados en los bordes. «Uno de los depósitos se inundó con las lluvias de diciembre. Se perdió mucho material —dijo—. Traje algunas cajas que no parecían tan dañadas… Quería ver qué podía salvarse. Ahí me pareció ver… Aquí está… Shaun Tan». Sonrió. Sonrisa vieja, de los tiempos remotos. El librero colocó en mis manos el rectángulo marrón. La cubierta estaba fría, las hojas del principio se pegaban un poco. Sin embargo, aquel ejemplar de Emigrantes estaba en buen estado. «Llévatelo», me dijo. «¿Cuánto es, Javier? ¿Cuánto te debo?», le pregunté. Señaló la caja registradora abandonada, tapada por un plástico. «Nada. No te preocupes. Un buen libro debe tener un buen lector. Ya hay demasiados libros en las cajas. Hay demasiadas cajas», agregó. Mi presupuesto era miserable. El fondo de mi cuenta bancaria me impedía argumentar a favor de lo correcto. «Gracias», dije. Quitó peso a mis palabras con un gesto dócil. Regresó a su trabajo de obrero, a su mundo ausente. Caminé hasta la puerta. El bombillo titilante murió. La pieza de Handel fue interrumpida por una cuña. El librero apagó el radio. Solo se escuchaba la gotera. «¿Y qué harás ahora, Javier? ¿Dónde…?», pregunté antes de cerrar la reja. Se levantó. Alzó los hombros. Tenía la camisa manchada de pintura, su mano derecha sostenía un exacto y, en la otra, un libro roto de la editorial Paidós. Respondió con la calma de siempre: «Seguir trabajando. Esperar… Esperar».

E.

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Transilvania, unplugged

Sighisoara, 2006.

Sobre Transilvania, unplugged:

“Esta es la novela negra del destierro venezolano del siglo XXI. Con estilo cinemático y amarga lucidez, el narrador cuenta las desventuras de Emilio y José Antonio, quienes abandonan Venezuela a la búsqueda de cierta forma de pertenencia que pueda concederles la escritura, la memoria o el olvido en tierras rumanas”.

Luis Yslas Prado

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“Una historia trepidante sobre un viaje fabuloso cuyo sorprendente cierre revela la solvencia de uno de los narradores más interesantes en el panorama de la literatura venezolana actual. Misterio e intriga se combinan en esta novela donde los protagonistas buscan cristalizar sueños que terminan en nostalgias y encuentros que devienen en variantes del humor o del fracaso”.

Carlos Sandoval

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“El laberinto de una Rumania «saturada de ausencia» en la que misteriosamente desaparece un caraqueño es solo uno de los nudos de la provocativa red de discursos que teje esta novela en varios sentidos ejemplar. Pocas veces la tradición literaria venezolana, hasta ahora enamorada de la contemplación autista de su espacio nacional, ha estado tan dispuesta a enfrentarse a los abismos emocionales e intelectuales que el presente y sus desarraigos nos imponen”.

Miguel Gomes

Disponible en librerías (Vzla.): MAYO, 2011

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LA INDIFERENCIA (Correspondencia Inútil)

Publicado originalmente en el portal ReLectura en octubre de 2010. / Relato incluido en el libro de crónicas LOS DESTERRADOS (Ediciones B, 2011).

Hola Lo:

Ayer escuché una canción que me volvió mierda. Ayer fui asesinado por Joaquín Sabina.

Una cerveza, un cuaderno, apuntes. Música de fondo en un bar sin nombre. De repente, como insultando a la memoria, la triste crónica de Praga. El barman, un simpático uruguayo, me contó que la canción estaba incluida en un CD llamado Vinagre y Rosas. El piano —el arma blanca de los solitarios— me obligó a enumerar blasfemias, aforismos apátridas… a recordar.

Esta carta es un acto de fe y, al mismo tiempo, el ridículo testimonio de un borracho. Tengo mucho tiempo sin escribir a mano. En realidad, tengo mucho tiempo sin escribir; los asuntos inútiles del mundo me han apartado de las palabras. Tras las últimas noticias, quise esquivar los golpes bajos de la melancolía… pero el hijo de puta de Sabina le escribió una canción a Praga y ahora, con los nervios cariados, sólo tengo cabeza para echarte de menos. Atribuye, por favor, este gesto patético a los efectos del alcohol, entiende que el absurdo forma parte esencial de las tribulaciones humanas y que existen formas de cariño que pueden pronunciarse en lenguajes remotos e impensables. Me queda el consuelo literario de saber que no soy el único idiota que le ha escrito a una persona ausente. Vasili Grossman, el genio ruso que te sedujo con Vida y destino, también le escribió una carta al vacío. Si mal no recuerdo, comenzaba así: «Querida mamá, me enteré de tu muerte en el invierno de 1944. Cuando llegué a Berdíchev, entré en la casa en donde vivías y que los tíos habían abandonado, comprendí que habías muerto». También tengo presente el testimonio desgarrado de Héctor Abad Faciolince —a quien nunca leíste— quien reconoce su afición a una de las más tristes paradojas del hombre, el acto de escribirle a la nada: «Casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro —El olvido que seremos— no es otra cosa que la carta a una sombra». Cristales de bohemia, la canción de Sabina, me recordó tu condición de sombra… tu muerte reciente.

Vine a Praga a romper esta canción / por motivos que no voy a explicarte. /A orillas del Moldava / las olas me empujaban / a dejarte por darte la razón. ¡Qué hijo de puta! Aprovecharé la debilidad del momento, la mezcla abominable de licor y balada, para contarte algunas cosas que nunca te dije, que callé por comodidad, por flojera o porque, ingenuamente, tenía la falsa certidumbre del mañana, de cualquier mañana.

Sabina se pasea por el puente de Carlos, rimando cicatriz con epidemia, y la memoria trae parlamentos perdidos en el tiempo. Tú fuiste la primera que se fue, te largaste a finales de los noventa. No creías en nada, no te importaba nada; decías que el mundo era un chiste malo al que no había que tomar muy en serio. Te fuiste y te perdiste la década tonta, los años mediocres, la vulgaridad en ascenso, la lógica de oprobios. Nunca te gustó Venezuela. Siempre —a diferencia de muchos de nuestros compañeros— admiré tu compromiso apátrida, tu desarraigo militante. Mucho menos te gustaba Caracas. Nadie comprendía tu repudio, tu incomodidad. Perdiendo los modales / Si hay que pisar cristales / que sean de Bohemia, corazón. El odio legítimo por el Ávila te ganó enemistades eternas. Siempre fue más fácil señalarte y condenar tu indiferencia que tratar de entender la naturaleza de tu cáncer. Porque tú querías cambiar de pasaporte, de nombre, de apellidos, de paisaje, porque nunca te gustaron los colores de la bandera, porque Vuelta a la patria te parecía un poema infame, entonces, te convertiste en un referente de lo maldito, en aquello que no debía ser.

¡Ay! Praga, Praga, Praga / Donde el amor naufraga en un acordeón / ¡Ay! Praga, darling, Praga / Los condenados pagan cara su redención. Recuerdo, Lo, que el día que nos encontramos en Praga, teníamos el trasnocho y la curda afincados en el aliento. Te vi y supe que eras feliz; tranquila, impasible, plena; tenías otra cara, tenías otro mundo. Dormimos en hostales baratos y nos emborrachamos y bailamos y caminamos bajo la noche helada con la certidumbre de que ningún Golem saldría de la oscuridad para quitarnos la vida, los celulares viejos o los zapatos sin marca. Tampoco te gustaba hablar de Caracas. Tu pasado era algo incómodo, un lunar, como un tatuaje de pasión adolescente que, con el paso del tiempo, te producía insoportables pulsiones de vergüenza.

Inmanuel me contó que te saliste de la vía, que te quedaste dormida y que volaste hacia un precipicio de concreto allá por los lados de la Guarenas industrial. ¡Maldita sea! ¿Por qué tenías que regresar? Tu voz, entonces, me habla en directo: «Porque yo no tengo un bisabuelo canario, Lautaro. Porque mi primer apellido es González y el segundo es Pérez, porque nací en esa mierda y me jodí», me dijiste alguna vez en una estación de tren perdida en La Provenza. Y te sorprendieron en España. Seguiste el mal consejo de un gestor sin credenciales ni experiencia. Fuiste a Marruecos y volviste a los tres días con la idea de apostar para siempre por los visados de turista. Esa vez caíste. Tras una serie de gestiones inútiles te tocó regresar a Venezuela. Volviste a un lugar en el que no habías estado nunca, a una especie de Hiroshima tropical exterminada por el odio. Volviste y, por supuesto, nadie te reconoció, eras una extranjera. Cuando Inmanuel me contó por teléfono lo que había pasado en Guarenas pensé que habías tomado una decisión complicada; releí tus últimos correos, tus estados de Facebook. «Yo no quiero vivir en esta mierda», me dijiste una vez, por Messenger, antes del fin. ¡Basta ya, Joaquín, basta, basta!

Vine a Praga a fundar una ciudad / una noche a las diez de la mañana. Amigos comunes hablaban de ti con desprecio, con fobia ciudadana. Tu error trágico en la nueva Caracas fue tener una rara conciencia de la libertad y del espíritu. Sin importarte nada, expresabas opiniones humildes, notas a pie de página, comentarios —para ti— triviales. Pero en la ciudad doliente, donde la hipocresía goza de buena fama y credibilidad, cometiste la imprudencia de ser honesta. Porque a ti no te gustaba la euforia alrededor de Gustavo Dudamel, ni te interesaban las columnas de Teodoro, ni te parecía inteligente el humor de Laureano, porque odiabas las caricaturas de Rayma y no tenías ningún reparo en decirlo. Tampoco te importaba afirmar que te llegaba más hondo —mucho más hondo— la música de Gwen Stefani que la de Simón Díaz, que Don’t Speak era el Caballo viejo de tu nación aérea, de tu patria personal e invisible, de tu visión de país. Te lo dije alguna vez y te burlaste, pensaste que era broma: «Esas cosas en Venezuela no se pueden decir, Lo. En Caracas, créeme, todavía existen cruces, potros y hogueras». Siempre decías que exageraba.

Subiendo a Mala Strana / quemando tu bandera / en la frontera de la soledad/ Otra vez a volvernos del revés / A olvidarte otra vez en cada esquina. La mala fortuna se ensañó. Te tocó volver durante la fiesta electorera. El entorno te asfixiaba, querías irte a Argentina, a Brasil; me hablaste, incluso, de un amigo paraguayo que te ofreció su apartamento en Ciudad del Este. Sin conocerte, sin escucharte, te llamaron niní; una señora que no conocías te dijo traidora, irresponsable y roja sólo porque te dio la gana de irte para la playa. Al final —por una leve fiebre— decidiste quedarte en tu casa, fuiste a la UCV y compraste películas quemadas. Amigos comunes te borraron de sus listas de Facebook; incluso Marlene —mi Marlene— denunció tu pasividad y tu desinterés por el futuro. No sabían que tú vivías al día, que el mañana siempre te quedó lejos, que uno de tus efímeros proyectos era enrolarte como voluntaria en una ONG sin presupuesto, en un pueblo fantasma en las afueras de Yakarta. Tú ejercías el derecho a una libertad incomprendida, a la voluntad humillada que sólo logramos entender aquellos que no pertenecemos a ninguna parte, los que preferimos apostar por el juego de luces y tinieblas de la condición humana antes que por un concepto mediocre de país. Nunca te lo perdonaron, Lo. Aquel no era tu lugar ni tu tiempo.

¡Ay!, Praga, Praga, Praga. Inma me contó lo que pasó aquel domingo. Grupos de vecinos, armados de banderas y papelillo, tocaron el timbre de tu casa y te pidieron que fueras a votar, dijeron que ellos te llevarían, que el sufragio era tu deber y responsabilidad. Cuando dijiste que no estabas inscrita en ningún colegio te miraron con asco; ostentaron sus dedos púrpura en tu cara haciéndote entender que ellos eran mejores personas; te dijeron incluso, con muecas repulsivas, que ese país era lo que era por culpa de personas como tú, que la perdición de Venezuela habría de quedar en tu conciencia sucia. Cerraste la puerta con un signo de interrogación en el rostro, volviste a tu pizza fría, a tu película de los Coen y, antes de la medianoche, te quedaste dormida.

Y Sabina insiste. El acordeón y la tuba se manchan de cerveza. Tras el accidente, una buena señora de los tiempos viejos, devenida en espectro, llegó a decir que Dios te había castigado; otro demócrata de turno comentó en Twitter que tu fallecimiento no perjudicaría los porcentajes favorables a la democracia —uno de esos pendejos que siempre tiene algo que decir, un chistosito, un vivo; sin embargo, un buen ciudadano—. La semana pasada le pedí a Inmanuel que por favor dejara de contarme cosas sobre Venezuela; le expliqué que no me hace gracia su Chigüire Bipolar ni me interesan las crónicas eruditas de Prodavinci pero él tiene muy marcado el aciago conflicto del arraigo, él no lo entiende, él —aunque no lo diga— tampoco te entendió. Y hoy, Lorena, borracho, acompañado por Joaquín —quien, sin proponérselo, te escribió una canción hermosa—, me da la gana de honrar tu recuerdo y de decirle a este vaso que echo de menos tu corazón humano, sin cédula ni RIF.

¡Ay!, Praga, Praga, Praga. Siempre te gustó hablar de la muerte, decías que el famoso más allá no era tal, que el fin de la existencia era la mera Nada, que la muerte era oscuridad, un fondo negro. Ojalá tengas razón. La oscuridad, por fortuna, no tiene prejuicios ni complejos colonialistas; en ella no se ve el color de los pasaportes ni las huellas indelebles que, en los días feriados, ensucian de honor los meñiques de los hombres. Allá lejos, hundida en el sueño eterno, nadie te echará en cara tu firme decisión de ser una sombra.

Te quiero,

Lautaro.

PD (Fragmento de servilleta): La canción terminó. Caminar es un ejercicio complicado. No sé qué hacer con estos jeroglíficos. Tengo entendido que mañana nuestro amigo Luis Yslas, en misión secreta, vendrá a Madrid. Creo que le entregaré estas hojas muertas. Le diré que, si lo considera prudente, las incluya en nuestro portal en decadencia, sin fondos ni patrocinantes. Trataré de retomar la columna abandonada.

¡Bella!, pórtate bien. Hablamos. Te buscaré en algún cuento de Kafka. Bye.

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LA DERROTA

Relato publicado, originalmente, en el No.7 de la Revista Literaria Otro Cielo (Argentina). http://www.otrocielo.com/

LA DERROTA. – Antes de que ocurriera el accidente Carlo Venturini sabía que iba a morir. La fortuna apostó en contra; el boceto de una vida nueva fracasó de manera imprevista. Injurias lacerantes caían desde las gradas. El instinto de supervivencia asestó el golpe: saltó sobre el tobillo del contrario; el impacto le destrozó la tibia. Aún había una esperanza. Caminó hasta el vestuario entre abucheos y gargajos. Algunos rivales, sentados en el banco, reclamaron su brutalidad con gestos airados. La afición enunciaba cánticos de guerra. Un emisario de Don Enrico lo esperaba en el túnel. «Sei un uomo mortu», le dijo en dialecto. Diez minutos después, la calma regresó al estadio. El penal y la expulsión de Venturini moderaron los ánimos. El dolor de cabeza insistía con recurrentes latigazos. Apoyado sobre baldosas sucias, con el rostro del pequeño Giacomo haciendo muecas imaginarias, Carlo Venturini lloró sin vergüenza. Violó la ley de Don Enrico. Sabía que nada podría salvarlo.

El acuerdo se cerró sin discusiones o regalías: cien mil euros. Dos días antes del partido, Carlo recibió el cincuenta por ciento. «La otra mitad se te entregará tras la derrota», dijo el emisario de Don Enrico. Aquella sería la primera y la única vez que Carlo Venturini aceptaría un arreglo. «No debe ser tan evidente, ¿entiendes? —dijo el emisario—. Puede haber rumores y no queremos rumores. La idea es perder… pìerdiri, ma pìerdiri bùonu».

El pequeño Giacomo intentaba tomar sopa; sus dedos engarrotados hacían inútil el esfuerzo; sus ojos idiotas enfocaban al padre con cariño. Carlo acarició la cabeza del muchacho; silbó canciones viejas —de los tiempos de los abuelos—, lo sentó en sus rodillas y lo alimentó con paciencia. Contó el dinero, la propuesta de Don Enrico resultaría suficiente. La clínica de Milán podría ayudar al piccirìddu, aliviar su estrabismo, desamarrar sus manos, estimularle el habla. El arreglo parecía sencillo, sólo hacía falta cumplir con un requisito simple, habitual y simple: perder.

El día del partido Carlo amaneció con jaqueca. Las circunstancias tomaron posición y manejaron el azar a su antojo. «Bùona furtùna, Carlo», dijo el emisario de Don Enrico quien permanecía apostado en el túnel de vestuarios. Al salir al campo, Carlo se acercó a la grada, palpó los cachetes de Giacomo; el niño vería el partido con la familia de Alterio. De repente, el sonido del pito. La tensión en las sienes, tras los primeros minutos de correrías y pelotazos, se convirtió en fiebre. Llovizna de verano. Gieco, el entrenador, ordenaba estrategias inútiles. Los conjurados —tres o cuatro en la cancha, dos en el banco— hacían el mínimo esfuerzo; Carlo sabía que Alfredo, en la banda derecha, era el paladín de los traidores, el más eficaz gestor de resultados. Los únicos integrantes del equipo que hacían un esfuerzo animal por tener el balón y detener el ímpetu del contrario eran los jóvenes; los muchachos de dieciocho o diecinueve años que, por primera vez, participaban en algo parecido a una competencia. Gieco sabía que Alfredo, titular indiscutible por órdenes de los dueños, era un elemento intocable, perjudicial pero intocable.     

Gieco confiaba en Venturini. El entrenador sabía que Carlo había hecho toda su carrera —su pobre carrera— en el club; él había estado el año del ascenso a segunda y el día inolvidable en el que —en partido de Copa— derrotaron al equipo de Turín, a la grande vecchia; también estuvo en la mudanza del estadio, en la bancarrota, en la huelga. Carlo era de los viejos; tenía treinta y cuatro años. Tenía, además, la tragedia de la casa: la mujer infame, el muchacho tarado. Gieco, cansado de acuñar derrotas prepagadas, sólo podía confiar en Carlo y en los párvulos para sacar adelante aquel partido. La posible victoria sólo dependía de ese vejestorio inútil y del grupo de imberbes que, sin técnica ni estilo, salían con entusiasmo a matarse sobre la cancha. Cuando Carlo, sin intentar el corte ni la falta, dejó pasar a su lado a un delantero torpe el viejo Gieco tuvo la primera sospecha.

El azar actuó de mala fe. El rival, claramente superior, no lograba fijar su puntería ni eludir la buena fortuna del portero. Varios balones idénticos, a velocidad de crucero, chocaron contra el travesaño; otros tiros se fueron a la grada. Tras media hora de juego el resultado seguía siendo el mismo del inicio. Carlo Venturini pensó que su cabeza explotaría; el dolor se extendió por el tabique y envolvió sus ojos. La ferocidad del sol imponía severos castigos corporales. Carlo tenía mucha sed; sentía, además, un creciente malestar en la ingle. Cuarenta y dos minutos: nada había pasado. Un breve paneo hacia la grada le mostró el rostro austero del emisario, la desesperanza del viejo Gieco y, al fondo, intentando hacer muecas de alegría el rostro sin forma del pequeño Giacomo. Sintió el balón en sus pies, un muchacho de su equipo con el que sólo había jugado dos partidos anunció el desmarque; con más talento que fortuna el infante le quebró la cintura a un central ordinario. Carlo sólo debía darle el balón, la jugada parecía fácil. Prefirió, sin embargo, reservar el pase; Gieco lo insultó; Carlo volvió al centro de la cancha y le entregó la pelota a Alfredo, el traidor habitual.

 Tras un error dudoso el balón quedó aislado en el medio de la cancha; un delantero del equipo contrario lo amarró a sus pies y entró al área con decisión; estaba solo, sin marca. El portero salió a cazar mariposas. «Al fin, terminó la angustia», se dijo Carlo. El dolor de cabeza, en breve receso, le permitió pensar en las calles de Milán, en las terapias, en la sonrisa verdadera de Giacomo. Varado sobre la cancha sintió deseos de llorar. Sin embargo, al volver la vista sobre su arco pudo ver cómo el rival, entre nervios y euforia, había mandado la pelota a la tribuna.

Segundo tiempo. Insistía la llovizna. La pasividad de los conjurados era obvia. La fortuna hacía digna oposición. En un momento de incompleta lucidez Carlo Venturini sintió vergüenza, recordó las palabras del emisario: «perder, pero perder bien». El viejo Gieco insultaba al árbitro y pedía movilidad a los muchachos. El portero hizo una parada imposible. Carlo se preguntó por qué razón no lo habían incluido en el acuerdo. Hizo, entonces, un esfuerzo por simular interés, por correr y amagar desmarques. El imprevisto tuvo lugar a los veintidós minutos de la segunda parte. Aquel error decretó su condena; tras la falsa celebración intuyó el funeral inevitable. Luego, en la ducha, con la imaginación tramando torturas dolorosas, trataría de recordar cómo sucedió: recibió la pelota de Alfredo; estaba en tres cuartos de cancha; avanzó unos metros sin determinación; la lentitud del contrario aligeró su finta; uno de los muchachos, el moreno del barrio de Librino, pidió la pelota en el borde del área; el sol le quemaba los ojos, sólo veía sombras, no perdía nada con simular un pase a distancia; sin precisión ni fuerza buscó el centro; resbaló tras el contacto, la pelota hizo una parábola extraña; un central alto —muy alto— buscó el rechace; el portero, intuyendo la trayectoria originaria, se había lanzado para el otro lado. El viejo Gieco saltó de alegría. El cabezazo del gigante fue torpe, más que torpe. Gol en propia puerta. Carlo cayó de rodillas; sus compañeros, los más jóvenes, corrieron a abrazarlo. Alfredo, desde la banda, lo miraba con desprecio.          

El error reforzó la migraña; el dolor en la ingle le trabó la pierna; la ansiedad, entonces, se apoderó del otro equipo. Los jugadores jóvenes se aferraron a la pírrica victoria, la segunda en cuatro salidas; más que un partido de tercera categoría parecían disputarse un asunto honorable. El viejo Gieco, entonces, tomó una decisión arriesgada: en el minuto setenta anunció el cambio. Alfredo, el intocable, fue retirado de la cancha. La breve multitud que poblaba el estadio, familiares y borrachos fanáticos, brindó sentidos aplausos y gritó arengas entusiastas. Alfredo se retiró balbuceando groserías, haciendo gestos a la banca. Entró un jugador joven, un crío de Taormina. El viejo Gieco parecía empeñarse en aquella estúpida victoria; sabía bien que algunos de los suplentes —los veteranos, sobre todo— formaban parte de la conjura por lo que no quería arriesgar el cambio de Carlo. A pesar de su mal juego Gieco sabía que Carlo era incorrupto; nunca se había vendido. Intuía que podía contar con él hasta el final del partido aunque, claramente, reconocía que su rendimiento había sido mediocre y sospechoso.

Diez minutos para el final. Carlo Venturini incumplía el contrato y, peor aún, procuraba perjuicios contra el tradicional imperio de Don Enrico. Carlo veía con impotencia la sagacidad de sus compañeros más jóvenes; aquellos desharrapados parecían ignorar que la vida —y mucho menos, el deporte— no merecía tal esfuerzo; que nunca lograrían salir de Catania, que perderían sus años útiles en los céspedes áridos de Sicilia, en los arreglos indecibles y las redes silentes de azar organizado. Un nuevo poste, hallado por un tiro desde media distancia, despertó los temores de Carlo. «Cinco minutos, es el fin», se dijo. Necesitaba el dinero. Necesitaba ganar… perder, en realidad. Aquella victoria imprevista representaba un contundente fracaso. Buscó los ojos del pequeño Giacomo y su mirada se perdió en la grada ausente, en los hijos de Alterio dormidos en el regazo de la madre; Carlo Venturini sintió mucho miedo. El árbitro de la banda anunció que el partido terminaría pronto. No lo pensó, corrió hasta el borde del área; antes de que el delantero rival considerase tirar a puerta o buscar la cómoda posición de un compañero, Carlo se abalanzó sobre su tobillo; puso todo su peso sobre la bota; el otro, intimidado por el salto, buscó proteger su pierna pero no tuvo tiempo suficiente. Carlo Venturini le destrozó la tibia. Penal. Expulsión. Alivio. Insultos desde la grada. La mirada del viejo Gieco pidió una explicación tácita. La trifulca entre los rivales duró poco tiempo. El árbitro pidió la retirada inmediata. Caminó hasta el vestuario con la desesperación dispersa en la migraña. «Eres hombre muerto», le dijo el emisario de Don Enrico. Aún había tiempo, se dijo al desnudarse; podían marcar el penal y aprovechar los últimos minutos, aún podría salvarse. Cerró la puerta del vestuario. Sus manos temblaban, escuchó un barullo de gentes, un escándalo. Buscó la calma bajo el agua. Recordó la historia de Luca Donatti, el jugador del Siracusa que había desaparecido hacía más de tres años; el pueblo contaba que aquel desafortunado traicionó un acuerdo de Don Enrico; el rumor oficial hablaba de torturas, de muerte con dolor. Imaginó poncheras de cemento envolviendo sus pies descalzos, sus pulmones inflamados por agua de mar. Sintió golpes en la puerta, golpes feroces, pisadas animales. La desesperación le rajó el vientre. Lloró y gritó oraciones a Santa Ágata. Buscó alternativas: sobre el lavamanos pudo ver una ventana abierta; era un ventanal ocre, comido por el óxido, que daba hacia la salida norte. Persistían los golpes contra la puerta. Nuevamente, escuchó un barullo desde la cancha. El partido ha terminado, intuyó. Desnudo, apenas cubierto por una toalla, saltó sobre el lavamanos e introdujo medio cuerpo por la ventana. La puerta se abrió; el miedo estimuló la torpeza; Carlo resbaló y cayó sobre el techo de un vomitorio; voló diez metros antes de que su cabeza se abriera en tres pedazos. Lo último que vio fue la figura del pequeño Giacomo que, con un esfuerzo inmenso, había logrado abrir la puerta. Su rostro, por primera vez, había logrado articular la gracia de una sonrisa humana: «¡Ganamos, papi, ganamos!». El aire, en caída libre, llevó a Carlo Venturini el eco más o menos articulado: «¡Papà, papà avìemu vintu!».

Eduardo J. Sánchez Rugeles

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